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Gabo en instantáneas

Tres testimonios de amigos del Nobel antes de ser Nobel, cuando fotografiarse con él aún no era privilegio.
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STEVE PYKE /GETTY IMAGES LATIN AMERICA

Antes de ser el escritor, la celebridad o el Nobel, García Márquez solo era Gabo. Y no ese Gabo avasallador y universal a quien hasta sus desconocidos llamamos así, sino un modesto reportero venido de nuestro Caribe. Vivaz, fabulador compulsivo y de curiosidad infantil. Contagiado del virus de la palabra alucinada por cuenta de las lecturas profanas de un tal Franz Kafka, con quien se tropezó en cierto libro que por ahí, dentro de la pensión donde vivía, alguien almacenaba.

Ese que con proverbial dificultad e incluso amparado en casas de empeño conseguía sobrevivir en una Bogotá a la que bien supo describir como una villa donde todos llevaban sombrero y en la que no paraba de diluviar desde cuando Jiménez de Quesada desensilló. Aquel que aprovechara las revueltas del 48 para recuperar esa máquina de escribir que en determinada iliquidez dejó de garantía en una compraventa. Todavía quedan muchos que de entonces lo conocieron, aún despojado de la pátina de solemnidad inaccesible que caracteriza a quienes se saben poderosos y afamados.

Entre esos testigos de la prehistoria garciamarquiana está el calarqueño Jaime Lopera Gutiérrez, hoy —por cuenta de sus best-sellers de la serie La culpa es de la vaca, por su trasegar en la arena política y por sus afortunadas apariciones en antologías de narrativa— dueño de un lugar propio en nuestras letras. Ambos venidos de provincia, se conocieron cuando el cataquero —así se les dice a los de Aracataca— hacía de subdirector para la agencia de noticias Prensa Latina, especie de brazo periodístico de la revolución cubana y contrapeso a la pésima prensa que en contra de dicho proyecto político se producía desde sus similares.

Comenzaban los 60. Con excepción de Lopera, la planta entera de Prensa Latina —Prela, para sus allegados— transmitía la sensación de empresa familiar. “Gabo era subdirector. Plinio Apuleyo Mendoza, director; Consuelo, una hermana suya, la secretaria; y con Iván Ocampo de la Pava y Eduardo Barcha, hermano de Mercedes, la esposa de Gabo, oficiábamos como ‘infladores de cables’ y mensajeros de la agencia”, recuerda. “Mi oficio consistía en traducir los garabatos que un operador de morse escribía a toda velocidad en una Remington vieja, titular decentemente y luego transmitir por teletipo esos mismos textos a los grandes diarios de la capital”.

Cuando tal mecanismo fallaba —algo que ocurría con odiosa frecuencia— se hacía necesario enviarlos por la vía convencional. Esto era mediante copias de papel carbón repartidas manualmente y de puerta en puerta. De entonces Lopera almacena más de un recuerdo. El principal, por lo tangible, es una fotografía instantánea, de esas que aunque hoy no se tomen siguen engrosando álbumes, portarretratos y demás ayudas de memoria visual.

Foto: SUMINISTRADAS POR EL ARCHIVO PRIVADO DE JAIME LOPERA GUTIÉRREZ
Foto: SUMINISTRADAS POR EL ARCHIVO PRIVADO DE JAIME LOPERA GUTIÉRREZ

“Camine Lopera me acompaña y nos tomamos un tinto”, sentenció el prospecto de gloria literaria. El destino propuesto para la ingesta de cafeína era algo que de entrada se sobreentendía. Irían, como no, al viejo café Los Cardenales, de la 18 con Séptima, justo a una cuadra de Prela, epicentro de congregación bohemia de entonces, si bien menos afamado que su más célebre par, el Excelsior. El ‘disparo inmortal y a quemarropa’ fue asestado frente a los apartados aéreos del antiguo edificio de Avianca por uno de esos retratistas ambulantes que se apostaban en la principal avenida bogotana para registrar ‘septimazos’, costumbre típicamente capitalina consistente —tal como el término lo insinúa— en pasear por el corredor de la bogotanísima carrera Séptima.

“El fotógrafo callejero me entregó un recibo para que reclamara la foto en un tamaño de 3 x 2, luego ampliada unos días después, como era usual en la época”, añade Jaime.

Los Cardenales era propiedad de un amigable caballero procedente de Anserma y tenía por gancho principal la presencia de guapísimas meseras, también caldenses, y la permisividad por parte de su regente de reproducir en sus altoparlantes piezas de carrilera y cuantos tangos y milongas los bebientes escogieran. Entre sus muchos visitantes frecuentes estaba Carlos Lemos Simmonds, entonces militante del Partido Comunista, y personalidades de la intelectualidad del mediano siglo xx, entre las que se cuentan Ramiro Montoya, Estanislao Zuleta, Mario Arrubla, Hugo Barti y Carlos Álvarez Núñez.

Pero aparte del mencionado fetiche existen otros testimonios, tan o más relevantes, albergados en la memoria de Lopera. Como aquel de cuando este le confió su manuscrito de una novela a la que había bautizado ‘Este pueblo de mierda’, luego premiada en 1962 por la Esso Colombia. El reverendo padre José Félix Restrepo, uno de los jurados, accedió a darle el reconocimiento siempre que el autor modificara su nombre por el de ‘La mala hora’ y omitiera de sus renglones los términos ‘masturbar’ y ‘preservativo’. No obstante saberse beneficiario de un reconocimiento que le mejoraría a la vez autoestima y finanzas, el galardonado se mantuvo vertical en su obstinación: “Le borro una de las dos palabras. ¿Cuál escoge, padre?”. El caso es que en su estado primigenio, el texto le llegó a Lopera, bien mecanografiado y alineado, en un montón de hojas tamaño carta, por las manos del genio en ciernes, pues este lo había escogido como lector.

Apabullado por el calibre de la operación a su cargo, Lopera quiso dar cabal cumplimiento a tal responsabilidad. “Cuando recibí el manuscrito me sentí un poco abrumado. En mis desvelos, mientras pasaba páginas y páginas, traté de copiar varias veces su estilo para familiarizarme con el texto antes de exponerle unos comentarios que por lo menos fueran juiciosos. Entonces recurrí veladamente a una amiga pereirana, Danner Bernal de Monzien, para que hiciera mi oficio de crítico de tal modo que yo pudiese responder con suficiencia a las preguntas del autor. Una semana después, cuando le regresé el manuscrito y me creía preparado para darle un discurso con las observaciones, Gabo estaba tan embebido en alguna lectura que solo levantó la cabeza para decirme ‘gracias’ y volvió a lo suyo. Desde entonces llevo en mi conciencia ese momento de silencio”.

Algún tiempo después de que el mentado instante callejero fuese registrado para la eternidad, justo en octubre de 1960, el futuro Nobel estamparía una significativa dedicatoria sobre el retrato, cuya copia ampliada descansa en privilegiado estante dentro del apartamento cuyabro que Lopera habita. “Este soy yo con el cuate Lopera, quien no quiere aprender a escribir cuentos”, puso.

Salvo escasísimas y no muy sonadas apariciones en algunos medios, la foto se mantuvo casi como secreto familiar por años. Incluso hubo quienes esgrimieron versiones apócrifas de que quien había compartido el honor de acompañar a García Márquez en su periplo tintero era Carlos Villar Borda —a su vez y en ese entonces al servicio de la agencia UPI— o su hermano Leopoldo.

En uno de sus números El Malpensante alcanzó a etiquetar al compañero de Gabo como desconocido. Tuvo que entrar a dirimir la voz de un verdadero testigo autorizado y lo suficientemente memorioso como para aventurar un dictamen definitivo. “No hay duda de que es Jaime Lopera (Loperita)”, dijo este. “Durante su estancia en Bogotá, entre 1959 y 1969, yo acostumbraba visitar a Gabo los domingos en su casa de la 59 con Tercera y entre semana en Prensa Latina”.

El juez supremo en esta polémica era el maestro José Luis Díaz-Granados, quien por cierto alguna vez recreó estos episodios en su novela Los años extraviados, uno de cuyos apartados reza: “Un día, después de las cinco de la tarde, me presenté allí y Gabito, siempre rodeado de gente, me hizo una seña de que lo esperara. Cambió unas palabras con Plinio, el director, dio un par de instrucciones a Lopera, el inflador de cables, y salimos a la calle”.

Más que calificado estaba Díaz Granados para afirmarlo. Conoció a Gabo íntimamente y “de toda la vida”, en virtud de la fortuna genética de compartir ancestros en línea directa. La madre de José Luis y García Márquez eran primos hermanos. Los genealogistas y escépticos bien pueden comprobarlo revisando los apuntes familiares de Vivir para contarla.

ULF ANDERSEN/GETTY IMAGES LATIN AMERICA

Y si bien el final de este anecdotario podría ser justo este y ese solo episodio ya lo justificaría, las cosas en la vida — como en los libros y cual saga interminable— suelen prolongarse. Corría 1983 y José Luis quiso dar un excepcional regalo en forma de sorpresa a Federico, el mayor de sus hijos, hoy consagrado poeta y por entonces un estudiante díscolo del colegio San Jorge de Inglaterra en Bogotá, a quien un año más adelante marginarían del plantel, donde ese día vio llegar a su padre para recogerlo, sin justificación aparente, en día lectivo.

Aún sin reponerse de la emoción provocada por la inminente perspectiva de “capar clase”, alegría suma para cualquier poeta-estudiante, Federico fue conducido hasta un apartamento de la 70 con Circunvalar, propiedad de García Márquez, en donde, sin que lo supiera, les estaban esperando para almorzar Mercedes, su propia abuela y el mismísimo Gabo.

“Estuvimos toda la tarde, como hasta las siete. Ha sido la impresión más grande y definitiva de mi vida. A pesar de la cercanía de mi padre y mi abuela yo nunca lo había visto porque él vivía en México. A veces veía a mi abuela hablando por teléfono con él, cuando la llamaba a consultarle datos muy íntimos de la familia”, cuenta Federico, ya desde el pináculo de su mediana edad, quien siguió viéndolo con frecuencia y entre cuyos haberes atesora una copia de La hojarasca firmada durante ese encuentro inicial. “Para Federico de su tío”, se lee. Abajo, la inconfundible rúbrica.

Terminó un siglo, ya era 2011 y Federico quiso replicar su experiencia en Sebastián, hijo suyo y nieto de José Luis, entonces de 14 años, empresa para cuya realización se valió de la complicidad del también poeta y su amigo y casi hermano Juan Felipe Robledo. Todos estaban de visita en el D.F. a propósito de la Feria del Zócalo.

“Yo no le dije a Sebastián a dónde íbamos. Nos citó el sábado en su casa, a las dos de la tarde. El encuentro duró dos horas. Sebastián parecía un discípulo hablando con Homero, embelesado. Mercedes, Juan Felipe y yo hicimos un grupo, y él y Gabo se quedaron hablando, prácticamente solos. Fue una experiencia muy distinta a la de 1983. Cuando lo conocí era un hombre todavía asombrado por su gloria y poder. Y cuando se lo presenté a Sebastián era como un abuelito sabio, que lo trataba con mucha ternura. Totalmente conmovedor. No sabía que nos estábamos despidiendo, pero desde entonces no lo vi más”.

¿Y a dónde se fue Lopera? Lo dejamos en 1962 y ahora lo invitamos de vuelta, para que sea él quien nos hable sobre su último encuentro con Gabo. “Vino al país como miembro de una comisión de sabios que se propuso dar recomendaciones sobre la educación en Colombia al gobierno de turno. Pasó a mi lado, me saludó con amabilidad y me dijo: ‘Quiubo, Lopera… ¿Ya aprendiste a escribir cuentos?’. Le contesté que sí, pero que eran malos. Sonrió y desapareció con su risa bajo el bigote, en medio de una batahola de paparazzis que lo perseguían”.

Un último recuerdo le queda como coletazo de aquel encuentro mágico en la capital mexicana al bueno de Federico: “Cuando le dijimos adiós, Gabo se agarró del brazo de Juan Felipe y del mío y le consultó a Mercedes si podía irse de juerga con nosotros. Ella, que lo cuidaba mucho, le respondió que no. Puso cara de niño regañado”.