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Ostinato, la tortura del loop

El caso de un extraño fenómeno en el que la música se convierte en una obsesión que atormenta la mente
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ILUSTRACIÓN POR DANIEL ACUÑA

Words like violence

Break the silence

Come crashing in

Into my little world

Painful to me

Pierce right through me

–Enjoy the Silence– Depeche Mode

Música. No se equivocaba Nietzsche al afirmar que la vida sin ella sería un error. Pero ¿qué ocurre cuando se convierte en una serie de sonidos intrusivos que mortifican la existencia? Bienvenido al mundo disonante de Julia*, una mujer de 30 años que padece un extraño trastorno musical en el que se repiten fragmentos de canciones de manera incontrolable en su mente. Para ella, la banda sonora de su vida llegó a ser una pesadilla que la llevó a los abismos más profundos de la desesperación.

Sin lugar a duda uno de los fines de la música es generar recordación en el oyente. Existen melodías o canciones que simplemente se nos quedan pegadas en la cabeza de manera inconsciente. Un buen ejemplo es la música ‘prefabricada’ –jingles o éxitos del pop–, que con fórmulas establecidas basadas en modelos o secuencias musicales particulares, logran a la perfección este efecto en el cerebro humano. “La gente de la industria habla de melodías pegajosas. En los años 70, en Alemania, empezaron a hablar de los Ohrwurm, o gusanos auditivos, que parecería ser algo que se mete al oído y se abre paso al cerebro”, explicaba el fallecido neurólogo y escritor británico Oliver Sacks.

Hoy por hoy, la tecnología ha hecho que la música sea omnipresente. El simple hecho de salir a la calle representa una ráfaga llena de melodías provenientes de distintas fuentes, que pueden llegar a desesperar hasta al más paciente de los melómanos. No es de sorprender, pues, que debido a este constante bombardeo, uno de estos gusanos auditivos termine incrustado en nuestra mente, incluso en contra de nuestra voluntad, y se repita de manera automática, probablemente durante algunas horas o un par de días. Según un estudio de la Universidad de Londres, el 90 % de la población experimenta este fenómeno al menos una vez por semana; un 85 % lo considera algo normal, mientras que el 5 % restante cree que es molesto.

Así las cosas, día tras día van quedando grabadas en nuestra mente miles de melodías que nos causan satisfacción o aversión. Sin embargo, podríamos decir que, hasta cierto punto, somos dueños de nuestra playlist interna y podemos manejarla a nuestro antojo. “De eso se trata la imaginación musical, con la cual generamos ‘imágenes auditivas’ que se experimentan como sonidos internos; por ejemplo, si decidimos en este momento evocar Imagine, de John Lennon, tendremos una experiencia de autonomía frente a los recuerdos sonoros. Es como prender y apagar una ‘rocola mental’ en el momento deseado”, explica el doctor Juan Manuel Orjuela, médico neuropsiquiatra, y uno de los pioneros en investigación de trastornos musicales en Colombia.

Más allá de la música: Dr. Juan Manuel Orjuela R. Neuropsiquiatra. Andrés Parra

Desafortunadamente para Julia, su cerebro parecería escoger de manera aleatoria la música que va a sonar en su mente, como si su “rocola interna” estuviera dañada. “Es como si me hubieran programado la cabeza para torturarme con algo que realmente disfrutaba, como la música; algo similar a esos castigos paradójicos con los que supuestamente condenan a la gente en el infierno”, comenta la joven. “Nunca pensé que algo así pudiera existir”. Y tiene toda la razón, es una situación que uno podría encontrar en lo más oscuro de la literatura o en las pesadillas futuristas de OK Computer, en donde Thom Yorke pide con desesperación que detengan el ruido para poder descansar…

Los episodios comenzaron hace siete años, en Bogotá, cuando Julia empezó a darse cuenta de que estaba oyendo, en su mente, fragmentos de ciertas canciones de manera intrusiva y repetitiva. “Era algo bastante extraño, porque ya no era la canción que a uno le gusta, o la canción de moda que se le pega a uno por unas horas porque la ponen en todos lados. En mi caso eran fragmentos de canciones que aparecían espontáneamente en mi cabeza y no se me salían durante unos días, causándome una ligera molestia que no había experimentado”, recuerda.

Luego de unas semanas de la aparición de este extraño fenómeno, que ya le estaba empezando a causar interferencia en sus actividades académicas por dificultades para concentrarse, Julia decidió optar por un remedio que parecería obvio: intentar mitigar la melodía interna con una melodía externa. “Me ponía audífonos y empezaba a oír mis canciones favoritas de Adele. Pero algo no me cuadraba porque la melodía que tenía en la cabeza empezaba a chocar de manera abrupta con la música de los audífonos. Esto me llenaba de angustia porque sentía que me estaba enloqueciendo”, comenta. Para fortuna de Julia, en ese momento vivía sola y decidió no contarle a nadie por temor a ser tildada de loca.

Buscó en Google, pero solo encontró información confusa, así que cuando sus amigos le preguntaban si se sentía bien respondía que era simplemente el estrés de la universidad.  “Con frecuencia, encontramos que las personas que padecen algún problema de salud mental evitan buscar ayuda psicológica o psiquiátrica por miedo a ser estigmatizadas por la sociedad e incluso por ellas mismas (autoestigma); es común que inicialmente acudan a Internet o le den una explicación mágico-mística al origen de sus síntomas, retrasando la ayuda oportuna por parte de personal especializado”, señala Orjuela.


Las obsesiones musicales son melodías intrusivas e interferentes que generan ansiedad y deterioran la calidad de vida.


Los días pasaron, y a pesar de que hubo algunos periodos de mejora en los que la ya atormentada joven alcanzó a recuperar el optimismo y un poco más de concentración en sus actividades cotidianas, con el paso de unos meses el fenómeno volvió para mortificarla, esta vez con mayor intensidad. “Era espantoso, me levantaba y acostaba con las canciones en mi cabeza, el volumen se amplificaba cada vez más. Recuerdo que en alguna oportunidad iba manejando por la Circunvalar y tuve que parar el carro, gritar desesperadamente, agarrarme la cabeza y ponerme a llorar mientras golpeaba el timón”.

Los episodios continuaron, y su calidad de vida empezó a deteriorarse a medida que pasaban los meses y el patrón rítmico-melódico repetitivo del loop seguía su curso. Se prendía la rocola, se saltaba el disco, se rayaba el disco, se apagaba la rocola. Se prendía la rocola, se saltaba el disco, se rayaba el disco, se apagaba la rocola… Su patrón de sueño comenzó a verse afectado, los remedios caseros eran insuficientes para desconectar su mente de la agobiante vigilia. Las largas noches solo daban paso a días llenos de angustia en los que vivía en un estado de piloto automático. “Era una pesadilla, el desasosiego era total. Los fragmentos se volvieron cada vez más intrusivos, eran un disco rayado. Llegué a un punto en el que ni siquiera podía mantener una conversación con alguien. Sentía que todos me miraban, me sentaba a leer y no podía concentrarme, creía que había perdido la autonomía de mi mente”.

Julia no quería ver a nadie, empezó a volverse agresiva, trataba de salir lo menos posible, se tapaba los oídos y se refugiaba en lugares aislados buscando exiliarse en un silencio cada vez más lejano. Preocupados por su extraño comportamiento, sus amigos más cercanos pensaban que estaba consumiendo drogas, pero la realidad estaba muy alejada de eso. Sin embargo, la situación llegó al límite cuando Paula*, su mejor amiga, comenzó a notar cortadas en sus brazos.

Circuitos neurológicos involucrados en la generación de síntomas obsesivos.

“Una persona que padece un problema emocional incontrolable y desbordante puede buscar mecanismos desesperados para aliviar sus síntomas. Si la persona no posee estrategias adecuadas de afrontamiento puede recurrir a autoagresiones (sin finalidad suicida) con el objetivo inconsciente de reducir el monto de ansiedad. Esto se consigue parcialmente, ya que los cortes en la piel generan liberación de endorfinas, dando una sensación de anestesia física y emocional. No obstante, son inefectivas y peligrosas. Siempre deben ser interpretadas como un grito de ayuda”, argumenta Orjuela.

La situación era insostenible. Y es en este punto donde Paula decidió confrontar a Julia para conocer la verdad. “Ya no me importaba lo que dijeran, solo quería una solución, así que decidí contar lo que me pasaba”, comenta Julia. Como era de esperar, Paula quedó desconcertada con el relato de su amiga, pero la animó a tomar una decisión sensata e inteligente: buscar ayuda psiquiátrica, a lo que Julia accedió sin reparos tras comentarle también la situación a su madre, que fue de gran ayuda.

“En estos casos, se debe hacer una entrevista clínica a profundidad, solicitar múltiples exámenes de sangre para descartar alteraciones hormonales y autoinmunes, entre otras; además es importante realizar una resonancia magnética cerebral y un electroencefalograma. Después de corroborar que estos exámenes fueran normales, se realizó el diagnóstico de trastorno obsesivo compulsivo (TOC) y se inició manejo con psicofármacos”, explica Orjuela.

El TOC es una condición psicopatológica heterogénea manifestada por pensamientos, impulsos, imágenes o sonidos recurrentes, indeseables y perturbadores (obsesiones), y por conductas repetitivas, irresistibles y estereotipadas (compulsiones). En el caso de Julia predominaban las obsesiones, en contraste con las compulsiones. Típicamente las obsesiones incluyen temas como el miedo a la enfermedad o la contaminación, pensamientos indeseables de agresión, sexo o religión, y necesidad de simetría o exactitud.

Históricamente, los investigadores clínicos han subestimado la prevalencia e importancia de las obsesiones musicales –definidas como sonidos o canciones intrusivas, repetitivas, persistentes y difíciles de suprimir por la voluntad–, que generan ansiedad y malestar significativo. Estas obsesiones pueden ser muy variables en su contenido y estar compuestas por diferentes elementos, como canciones, géneros, letras e instrumentos musicales. Generalmente son fragmentos que la persona ha escuchado en su pasado, y suelen pertenecer a la música popular. En algunos casos pueden tener un significado especial o consistir en jingles o fragmentos de películas, aunque también se han reportado obsesiones con ringtones de teléfonos celulares.

A pesar de que su prevalencia no está claramente establecida, existen alrededor de 100 casos reportados en el mundo, encontrándose un patrón demográfico de predominio en adultos jóvenes, alrededor de los 33 años, sin diferencia de género –datos que concuerdan con el perfil de Julia–. “Aunque no se conoce con claridad la causa de este fenómeno, los estudios de neuroimagen funcional han revelado que en el TOC se da una hiperactividad de los circuitos cortico-estriados-tálamo-corticales, que son básicamente loops cerebrales que conectan regiones involucradas en el procesamiento cognitivo, emocional y motor”, afirma Orjuela. 

‘Musicofilia: Relatos de la música y el cerebro’, de Oliver Sacks.

El tratamiento de las obsesiones musicales es el mismo que para el TOC en general, siendo los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) y la terapia cognitivo conductual, los más recomendados. En el caso de Julia, posterior a recibir este tratamiento, se lograron reducir los síntomas en un 60 % –medidos por una escala llamada Y-BOCS–, situación que mejoró su calidad de vida. “El cambio ha sido progresivo gracias al tratamiento, y poco a poco he ido recuperando la confianza en mí misma y superando los miedos”, comenta Julia. “Haber contado con ayuda y expresar lo que me pasaba también me quitó un peso de encima. Saber que uno no está solo reconforta bastante”. Julia aún recibe un tratamiento farmacológico que no puede suspender o, de lo contrario, implicaría un retroceso y los episodios volverían a mortificarla. En cuanto a su relación con la música, la joven comenta que se ha alejado de ella y le es indiferente. No le genera aversión, pero tampoco pasión.

El mensaje es claro y se ha venido haciendo cada vez más énfasis en él: la salud mental es tan importante como la salud física. Y aunque últimamente se ha avanzado bastante en reducir el estigma y los miedos en lo referente a la salud mental, es importante seguir generando conciencia en la búsqueda de ayuda profesional cuando se padezcan síntomas de algo que nos resulte extraño e inexplicable. Julia ha tenido la voluntad necesaria y la suerte de contar con alguien que la animó a tomar una decisión que evitó lo que, sin el tratamiento médico y psicológico necesario por parte de especialistas, habría podido terminar en una tragedia, en una estadística más.     


Colaboración especial  Dr. Juan Manuel Orjuela

*El nombre y los datos autobiográficos han sido modificados para proteger la identidad de la protagonista de esta crónica.                        

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