fbpx

Será larga la noche y que Dios nos libre

Una conversación con el escritor Santiago Gamboa para dar una mirada (a partir de su más reciente novela) al enorme peso que hoy tienen las iglesias en la vida política de nuestro país.
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Por ser amigo nuestro, obviamente, ha recibido el ataque de muchas personas, por eso necesita nuestra oración’, dijo el pastor Andrés Corson ante miles de fieles que luego levantaron sus manos para bendecir al entonces candidato a la Alcaldía de Bogotá Miguel Uribe Turbay. “Yo lo cubro con tu sangre a él y a su matrimonio. Pero también al Partido Cristiano, a todos los otros que lo han respaldado… y que él pueda saber, sobre todo en estos últimos días, que tú vas delante de él…”, añadió el líder cristiano ante la iglesia El Lugar de su Presencia. El video fue subido por la revista Semana a su página web a finales de septiembre. Otros medios aseguraron que Miguel Uribe había recibido la bendición de mil pastores cristianos. Finalmente Uribe Turbay fue último entre los cuatro aspirantes al cargo.

Hace un par de años apareció en YouTube un video en el que el senador Álvaro Uribe era presentado ante una extasiada multitud por el pastor Ricardo Rodríguez en la congregación de Avivamiento Centro Mundial: “Muchas gracias, querida comunidad, les debo mucha gratitud a ustedes. Me ayudaron a ser presidente de Colombia en dos ocasiones, me apoyaron inmensamente. No tengo con qué agradecerles”, ese fue el saludo de Uribe Vélez.

Los ejemplos de la estrecha relación entre el poder político y las iglesias cristianas no han hecho más que multiplicarse en los últimos años. Libros como Votos y devotos (Natalio Cosoy, 2018) o La conjura evangélica (Juan Manuel de Castells Tejón, 2019) están llenos de evidencias y cuestionamientos alrededor de un fenómeno que cada día resulta más inquietante. El plebiscito por la paz, las cartillas de convivencia, el matrimonio igualitario y la adopción por parte de parejas del mismo sexo, son solo algunos ejemplos en los que las creencias religiosas han chocado contra la Constitución que consagra la libertad de cultos. Y mejor no hablemos de la famosa “monja uribista” ni del escándalo con la publicación del libro Dejad que los niños vengan a mí.

La Organización Manantial de Vida Eterna cuenta con 17 emisoras en la Cadena Radial Viva, una de las más grandes del país, y puede compararse con el circuito de Todelar, construido durante más de 60 años. De acuerdo con la Oficina de Asuntos Religiosos del Ministerio del Interior, en Colombia funcionan más de 6.000 iglesias cristianas. Tal vez existan esos registros y muchos más, lo que no tenemos aún es una verdadera idea del impacto que estas pueden tener en una situación realmente crítica.

Y no es un tema menor. En Colombia el Estado ha sido siempre incapaz (tal vez por conveniencia de las élites) de atender decentemente a la población, y ha abierto un enorme espacio para que organizaciones de toda índole ocupen su lugar. Solo hay que pensar por un momento en la cantidad de instituciones educativas en manos de organizaciones religiosas.

Para revisar esta situación desde otra perspectiva, el escritor Santiago Gamboa (Perder es cuestión de método, El síndrome de Ulises) presentó su nueva novela, Será larga la noche, en la que analiza algo de la realidad que representan estas congregaciones religiosas en la provincia en medio de un posconflicto que no termina de cuajar. Rolling Stone habló con él para entender la mirada que plantea desde la ficción con un sólido fundamento en nuestra realidad.


¿Cómo se da el juego entre la realidad y la ficción enSerá larga la noche?

Esta novela quiere mirar un poquito lo que sucede en la Colombia de hoy, después lo que ha pasado en los últimos años. La idea es analizar literariamente algunas de las cosas que nos hemos encontrado en el país después del proceso de paz, cuando la preocupación central dejó de ser la guerra y los secuestros, empezamos a mirar otras cosas. Seguimos teniendo un marco de violencia importante, una cantidad de agentes y filiales violentas todavía activas, pero también podemos mirar otras cosas.

En este caso uno de los elementos centrales son las iglesias evangélicas. La investigadora, una periodista, va a entrar en ese mundo para tratar de comprender lo que pasó en un combate que se da al principio de la novela. Mirar ese mundo de las iglesias evangélicas, cómo funcionan, cuáles son sus bondades y cuáles son sus pecados. El principal pecado -y es algo que está analizado en la novela- es la increíble influencia política que tienen en la Colombia de hoy. Yo creo que es gravísimo, es un problema casi de seguridad nacional porque lentamente va poniendo en jaque la democracia.

Me parece que por primera vez es un problema regional, no solo de Colombia. En Brasil las iglesias evangélicas fueron fundamentales para la victoria del monstruo este, en Estados Unidos para la victoria de Trump y en casi todos los países de Centro América, incluso en México, están presentes y tienen influencia política. Es para mí una de las situaciones más complicadas que vamos a ir enfrentando.

Una gran mayoría sirve para el lavado de dinero, hay mucha corrupción y los pastores venden el voto de sus feligreses a un cacique político, obviamente no en todas, hay iglesias de todo tipo, pero se puede ver eso en muchas de ellas. A través de ese espacio vemos algunas de las situaciones que se dan en la Colombia de hoy, y todo esto visto a través de los ojos de una periodista y de su colaboradora, que es una desmovilizada de las FARC.

Mi novela quiere hacer el diálogo con el mundo campesino y rural, que fue el escenario natural del conflicto y ahora continúa en una especie de purgatorio; todavía no se sabe muy bien si eso se va definitivamente a mejorar o si entre esas montañas se esconden cosas que no sabemos y no comprendemos.

El personaje de la investigadora dice que ahora, durante la implementación de los acuerdos, las iglesias van detrás de los recursos de la paz, pero en el plebiscito se opusieron al acuerdo…

Eso es histórico, totalmente verdadero; muchas de las opiniones contundentes y duras que tiene Julieta, la protagonista, están basadas en la realidad total y absoluta. Las iglesias evangélicas primero chantajearon al gobierno de Santos diciendo que iban a votar en contra del plebiscito cuando él sugirió que debían pagar impuestos por ser captadoras de dinero. Estas iglesias les sacan el 10 % del sueldo a todas las personas que pertenecen a ellas, y no es un diezmo voluntario, eso es pagando y con hoja de sueldo en la mano.

Ellos cumplen un papel social que debería cumplir el Estado, y hablo de las iglesias evangélicas para pobres, porque en las iglesias evangélicas para ricos el funcionamiento es diferente.

Según uno de los últimos censos que conocí, en Colombia había como 3.600 iglesias evangélicas; si cada una maneja un tímido promedio de 1.000 personas, ya estamos hablando de 3’600.000 votos, ¿entonces? En las iglesias de los barrios populares el pastor es casi un líder social. Cuando una mujer está desesperada porque su marido es alcohólico, le pega y la viola, o el hijo está en el narcotráfico, para esa mujer la única opción es la iglesia. Entonces ella va, a los dos meses el marido está en la iglesia y ha dejado de tomar. Es un servicio y el pastor efectivamente le cobra; ellos cumplen un papel que debería cumplir el Estado, porque eso no tiene nada que ver con la religión, eso es un puro y simple servicio del Estado.

Hasta ahí yo no tengo ningún problema con eso, el problema es que después el pastor llega con la foto de un candidato y dice: “Hijos míos, hoy les voy a pedir que miren a este hombre, es un hombre bueno, Cristo está en él”, y claro, los obliga. Entonces ese pastor se está aprovechando de la fe de la gente y de la ignorancia del funcionamiento político. Yo he conocido casos de empleadas, incluso en mi propia casa, donde ellas dicen, “es que yo tengo que votar por…”. Se mueren del susto por su inocente ignorancia, no tienen la culpa.

¿Cómo entiende usted la relación que esas iglesias promueven con la autoridad en todas sus formas?

Yo no soy creyente, pero respeto muchísimo a las personas que creen, creo que la espiritualidad es una necesidad humana y uno tiene que ejercerla de alguna manera. Yo la ejerzo a través de la literatura, de la poesía, de la amistad, de otras cosas. Yo soy humanista y creo que el hombre creó las religiones para aliviar una necesidad profunda, por eso las religiones se comunican con el hombre a través del arte, por eso me interesan tanto como observador; son la suma de todas las artes; la pintura, la música, la escultura, la ópera, la literatura, la poesía… inclusive la filosofía, que no es un arte, pero es el arte del pensar.

Al interior de la religión, como es un intangible, la única forma que tiene para comunicarse con el hombre es a través del arte, y por eso las iglesias han sido las grandes mecenas de los artistas, de los escritores y filósofos. Ellos necesitan comunicar algo que no existe y quienes saben hacer eso son los artistas. Eso es muy interesante, la espiritualidad ejercida a través del arte es un tema extraordinario, pero aquí de lo que estamos hablando es de personas de poder político y económico, y prácticamente de empresas captadoras de dinero. Yo he visto avisos que dicen: “Se vende iglesia evangélica con 2.700 fieles”, eso es una actividad comercial. Yo soy no creyente, pero le creo a Nietzsche cuando dice que la iglesia existe para resolverle a los hombres los problemas que ella misma les crea [Risas], pero comprendo y respeto a la gente.

Lo que también he visto en estas iglesias evangélicas es que le imponen a la gente una forma de vida que es imposible de cumplir; es imposible vivir con la totalidad de los preceptos cristianos, nadie puede vivir así porque son preceptos hechos para 15 siglos atrás. Sin embargo, hay una cantidad de silencios y discusiones que ninguno de ellos es capaz de llevar porque saben que no prosperan.

Es como una serpiente que se muerde la cola, y puede ser muy peligrosa para la democracia porque ellos se amparan en la libertad de culto para aumentar su poder político, y una vez llegan al poder intentan modificar las reglas de convivencia y ajustarlas a sus preceptos religiosos. Es un total disparate porque esto no es una teocracia, no nos podemos regir por ningún precepto religioso porque somos un país laico. Cuando llegan al poder intentan romper la libertad de culto que les permitió llegar allí, intentan que la gente viva como piensan ellos, como si en Colombia no hubiera judíos, musulmanes, animistas, religiosidades indígenas, agnósticos… A mí me parece que es un problema de seguridad nacional.

Además, los pastores estos me parecen unos sinvergüenzas -no todos, por supuesto- pero muchos de ellos son unos personajes absolutamente disparatados que parecen de Sábados Felices; los oye uno hablar en esos videos donde algunos decían que si ganaba el Sí en el plebiscito por la paz, Colombia se iba a convertir en una república homosexual. Son personajes de caricatura.

Como se trata de una novela que también intenta tener algo de humor, me parecía muy interesante ponerlos en el escenario para mirar y entender un poco de la Colombia de hoy.

GAMBOA Y SUS PREGUNTAS INCÓMODAS: La novela del escritor colombiano cuestiona desde la ficción el papel de las iglesias cristianas en nuestra democracia. Los líderes y candidatos de la derecha cuentan con el respaldo de estas congregaciones en cada proceso electoral.
GAMBOA Y SUS PREGUNTAS INCÓMODAS: La novela del escritor colombiano cuestiona desde la ficción el papel de las iglesias cristianas en nuestra democracia. Los líderes y candidatos de la derecha cuentan con el respaldo de estas congregaciones en cada proceso electoral.

Leyendo la novela se siente que las dos protagonistas, Julieta y Johana, se van convirtiendo en voceras de lo que usted piensa…

A mí por eso me gustan las novelas negras con periodista, porque el periodista es un detective sin pistola. Es un representante no solo de justicia sino de la sociedad civil, de la opinión pública; el periodista investiga, entra a lugares peligrosos, interpreta, analiza, concluye y finalmente descubre la verdad. Pero cuando descubre la verdad no quiere decir que la justicia haya triunfado, y a mí me parece eso muy importante para la verosimilitud de una historia.

Yo no haría nunca una novela negra con un detective, como las novelas anglosajonas, porque eso me parece inverosímil en Colombia; aquí nunca hemos admirado a un detective o un policía porque sabemos cómo son nuestros policías. En cambio en el periodismo sí; el periodismo es una profesión de riesgo que ha sido atacada por los violentos de este país, y en los últimos 25 o 30 años tenemos por lo menos 300 periodistas asesinados en todos los órdenes, reporteros, periodistas de base, de análisis… En Colombia el periodista es una persona incómoda, que investiga y quiere llegar a la verdad para contársela a la sociedad civil.

A través de ellas usted transmite su opinión -por ejemplo- sobre el conflicto y los acuerdos de paz…

Sí, por supuesto, porque hay otra cosa que para mí es importante, y es que toda novela negra que habla sobre la realidad es en el fondo una novela política. Uno no puede hablar de los problemas de una sociedad sin adoptar un punto de vista político; no quiere decir que sea una novela militante, pero sí es una mirada política porque mis personajes tienen posturas políticas que efectivamente tienen que ver con las mías. Por supuesto, no son todos; hay unos personajes que están jugando a otra cosa, que miran la realidad desde otro lugar o son indiferentes o que están en la parte corrupta. Y, además, hay una cosa: yo tuve la intención de hacer una novela negra, pero a veces basta con tener la intención de hacer una novela realista para que inmediatamente se vuelva negra, porque la realidad es tan negra… Mi novela comienza con una emboscada a unos automóviles en una carretera del Cauca, y hace tres semanas un carro blindado en una carretera del Cauca -como en mi novela- fue emboscado por un grupo de tiradores, fue el asesinato de la candidata a la Alcaldía de Suárez. Es como en mi novela porque hoy todavía no sabemos qué pasó o quiénes eran, es la misma pregunta que se hacen los personajes de mi novela y yo estaba escribiendo eso hace un año. Entonces, las hipótesis de la realidad son muy parecidas: paramilitares, guerrilla, guerrilla disidente, inclusive he odio del Cartel de Sinaloa. Cuando uno escribe novela negra está acompañando a la realidad, y si uno hace un poco de ficción, seguro que la realidad llega hasta allí, este es el caso.

¿Hasta qué punto es una declaración de principios el hecho de poner a dos mujeres como protagonistas de la novela?

Eso fue puramente intuitivo; en el momento en que escribí no tomé una decisión racional. No fue buscando equidad de género, por una cuestión puramente intuitiva pensé que era lo mejor para contar esta historia. Probablemente porque como hay personajes muy importantes que son pastores, y son hombres, tal vez para equilibrar y para verlos desde la mirada de una mujer que los escudriña e intenta comprenderlos pero no lo logra del todo, más bien está en contra de ellos, le producen asco, los desprecia y por otros siente interés.

La mirada de una mujer, en este caso de dos mujeres, es un extraordinario contrapeso de ese mundo tan masculino que es el de los pastores. Ahora, eso lo pienso en este momento, pero en el de escribir la novela nunca lo pensé, fue puramente intuitivo.

¿Cómo fue el trabajo de investigación?

En la novela está lo que yo he visto en Colombia en los últimos cuatro años a través de la prensa y de mis propias investigaciones. Yo soy de poco investigar, más bien voy reuniendo cosas que veo, cosas que oigo, anécdotas… Por supuesto, fui a una iglesia de estas, pero eso no es tan fácil; no es que uno llegue y va entrando como a una iglesia cualquiera; ahí mismo empiezan a mirarlo a uno y en dos segundos saben que es nuevo, y hay unos tipos que parecen guardaespaldas, es inquietante. Ahora, vaya y párese después o salgase a mitad de la vaina, eso no es tan fácil. Uno se siente cohibido, no se siente en un espacio libre como en una iglesia católica tradicional, que uno entra a mitad de misa, mira y se va, no está en un espacio vigilado.

En otra ocasión fui a una iglesia de estas en Argentina, el pastor era brasileño, esa vez yo tuve la sensación –casi la seguridad- de que me siguieron cuando salí, como para ver a dónde iba o quién era, “¿por qué vino acá?”.

Me acuerdo que era una vaina alucinante, es como un concierto de rock sin música, el tipo traía mujeres que estaban como poseídas y las hacía despertarse; de pronto decía, “¿Qué le vamos a decir a Satanás?, ¡Que es un hijo de puta!”, y la gente gritaba, “¡Hijo de puta, Satanás!”, con odio, y yo veía como un fenómeno de locura colectiva, una especie de catarsis. Pasados 20 minutos me levanté y salí, estoy seguro de que me siguieron.


“Ellos se amparan en la libertad de culto para aumentar su poder político, y una vez llegan al poder intentan modificar las reglas de convivencia y ajustarlas a sus preceptos religiosos”


¿Qué lecciones le dejó la observación de los lugares del Cauca donde se desarrolla la historia sobre la situación del posconflicto y de la actividad de las iglesias evangélicas en la región?

Una de las enseñanzas más grandes es que el conflicto es una cosa en la ciudad y otra en el campo. En el campo es donde realmente el conflicto es pertinente porque los muertos los ponen los afros, los campesinos y los indígenas. La gente de ciudad no, por eso teorizan y están a favor o en contra en términos puramente teóricos, son los que más opinan y manotean, cuando resulta que sus hijos no son los que están muriendo.

Las que sí tienen capacidad de decisión sobre la base de una realidad y de un sacrificio directo son las personas humildes, pero curiosamente muchas votan en contra de lo que les interesa porque están manejadas por las iglesias y por personas de ideologías extremas; obviamente terminan votando por lo que no les conviene.

He visto una cosa que en la ciudad es invisible, es la enorme cantidad de campesinos que, sin ser guerrilleros, trabajaron para las FARC porque eran los que tenían plata; es que un campesino vive de vender los tomates y lo que siembra. Pretender que por venderle a las FARC son guerrilleros es desconocer la realidad del campo, y luego el paramilitarismo los señalaba como auxiliadores de la guerrilla, venían y los asesinaban. Entonces, viene el desplazamiento porque no puede seguir viviendo como ha vivido tradicionalmente, ahora es culpable por vivir como ha vivido siempre. Le toca irse para la ciudad, la única solución es desplazarse, perder las tierras y viene detrás alguien que las escritura. Ese tipo de cosas uno las ve en la ciudad en términos teóricos

Yo he hablado con gente que agarraba unas mulas y se subía a vender al páramo de Las Hermosas, donde estaban las FARC, porque eran los que les compraban; como había guerrilla y era zona de conflicto nadie más venía por ahí, ¿a quién le iban a vender?

Es muy interesante un punto en el que usted habla del acceso al poder de la ultra derecha, no es muy común que alguien salga en un espacio de estos, en letra imprenta, a ponerle esos calificativos al Gobierno…

No, y eso que yo cerré este libro mucho antes de que fuera tan evidente como ya lo es; pienso que la realidad de Colombia es esa. Tenemos un Gobierno que nace del NO en el plebiscito; el uribismo ya existía antes, pero estaba moribundo y viene a renacer con el NO.

Hay algo que hoy la gente de derecha no acepta, y es que el proceso de paz firmado en el Teatro Colón no es el proceso de Santos, es de las FARC y del gobierno de Santos, pero también de la derecha que ganó en el NO y negoció, exigió algunos cambios y llegó a un consenso. Solamente dos de los puntos, creo que eran 70, no fueron contemplados.

Después decidieron que no lo aceptaban para hacer una campaña sobre la base de ese NO y enfurecer a la gente diciéndole que le van a quitar a los pensionados el dinero para dárselo a los guerrilleros. Sobre ese estado general de rabia ganaron las elecciones, y ahora están haciendo lo que dijeron que iban a hacer, es apenas normal.

Cuando uno dice que ellos están desarmando el tejido del proceso de paz por debajo de la mesa es la absoluta realidad, lo vemos todos los días, ya han desarmado mucho. Tal vez no ese excesivo “hacer trizas el acuerdo”, que probablemente representa solo un ala del uribismo, pero sí están poniéndole todas las trabas, demorando, haciendo que para la guerrillerada y para muchos de las FARC sea una situación insostenible, y decidan finalmente volverse a la clandestinidad… aunque el caso de estos [Iván Márquez, Jesús Santrich y el Paisa] no estuvo en manos del Gobierno, sino de la justicia. Yo todavía estoy con ganas de ver las famosas pruebas irrefutables, porque nadie las ha visto. He consultado con politólogos, con abogados, y esos videos no son irrefutables, no son pruebas de inocencia, pero tampoco son pruebas irrefutables de culpabilidad, con lo cual –como opinión pública– todavía no sabemos qué fue lo que pasó ahí.

Todavía no sabemos por qué el fiscal Néstor Humberto Martínez tomó esa decisión tan rápida al detener a Santrich, y después con todo lo de Odebrecht decidió irse y no ha vuelto al país. Es que Colombia es eso, una novela negra perpetua, todavía no sabemos cómo es que corre con tan buena suerte para que sus dos testigos centrales se suiciden del mismo modo, ¿fueron asesinados estos testigos, o fue realmente un suicidio? Muy de buenas uno si sus dos principales testigos en contra se suicidan…

Uribe, ahora lo están indagando, ¿cuántos procesos abiertos tiene? 270, por paramilitarismo, por asesinato, por miles de cosas… Ahora, lo van a indagar por una sola cosita, chiquita, por la manipulación de testigos. Y el país está al borde del incendio porque él mismo se ha encargado de levantar los ánimos para asustar a la Corte Suprema: qué sepan que, si le llegan a hacer algo, este país vuelve a un segundo 9 de abril…

Entonces, toda esa atmósfera de caos institucional yo intento reflejarlo en mi novela. Yo lo que he querido es que sea como un espejo en el que el país se pueda mirar y reconocerse para dar una versión de la realidad, eso es lo que hace la literatura y el arte

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

CONTENIDO RELACIONADO