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Cortesía adidas

Sofía Gómez, del fondo del mar al fondo del ser

La apneísta colombiana nos cuenta cómo superó su adicción al celular y la presión en las redes sociales gracias a la meditación y la introspección

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Que tire la primera piedra quien no haya criticado a un deportista colombiano…

Dos días antes de nuestra conversación con la apneístaSofía Gómez, Colombia estaba de fiesta, de júbilo, por una hazaña inesperada y grandiosa en nuestro historial deportivo: Egan Bernal, el ciclista zipaquireño de 22 años, ganó el Tour de Francia. Ese rostro de niño, el maillot amarillo, su humildad y caballerosidad en la ceremonia de premiación, su venia ante la ola tricolor que lo acompañó y su sonrisa atónita en los Campos Eliseos de París fueron la portada de los periódicos, los titulares en los noticieros y el estado de millones en Facebook, Twitter e Instagram.

Sofía vio el triunfo de su colega con lágrimas, orgullo y mucho agradecimiento. Su corazón palpitó con los pedaleos, la gallardía y las fuerzas internas de Egan. Cuando habla del ciclismo, se nota esa alegría que le generan los triunfos ajenos, porque sabe -lo ha vivido en carne propia por 27 años- lo jodido que es vivir del deporte en Colombia. La falta de recursos, la espalda del Gobierno, el apoyo mínimo en los inicios y los costos y riesgos que deben asumir por su propia cuenta.

Lastimosamente, siempre habrá una mosca en el banquete, en el festín de celebración y mensajes positivos. Una mosca que zumba en medio de las redes sociales e infecta su alrededor mientras palpa un teclado desde la comodidad de su casa. Mejor dicho, el haterque algunos llaman, una persona anodina e intrascendente que quiere opacar a los demás con un comentario punzante, mala leche e insignificante. Ese día, una mosca sobrevoló a Sofía solo para molestar. “Cada vez que pienso en Egan ganando el Tour, me dan ganas de llorar de la emoción”, escribió la apneístaen Twitter. Luego, la mosca comentó: “Eso sí tiene méritos, no como lo que usted hace, que es más inventado que…”. Y lo más triste del asunto es que todos hemos sido esa mosca, por lo menos una vez.

Fotografía por JONATHAN SUNNEX
Fotografía por JONATHAN SUNNEX

“La cultura en Colombia es extraña y maluca… en vez de celebrar el triunfo de Egan, la gente critica al resto de los deportistas. Y es como: ‘Nea, ¡no!’. Disfrutemos este momento, ni siquiera estamos hablando de mí”, critica Sofía. “Parece como si nosotros, los deportistas, tuviéramos más responsabilidad que el presidente de la República. Como si le debiéramos algo a la gente”. En Colombia, donde nos aferramos a la más mínima alegría y esperanza de un compatriota para olvidar nuestras crisis, desatinos y chancucos, es difícil que la gente entienda que los deportistas son humanos y trabajadores comunes y corrientes. No le deben responder a nadie; solo a ellos mismos y a su equipo, si son parte de uno.

Esa presión también la vivió Sofía. Tras lograr un récord mundial en 2017 con una inmersión de 84 metros de profundidad en la modalidad de peso constante con bialetas, Colombia la postró en un pedestal. De hecho, más de la mitad del país no sabía que la apnea era un deporte y un tercio lo relacionaba con la apnea del sueño, que obviamente no tiene nada que ver. Era increíble y difícil de asimilar que un cuerpo humano podría llegar a tal distancia por su propia cuenta y aguantar la respiración por dos minutos y 47 segundos. Una lluvia de elogios y buenos deseos la acogió. Claro, las moscas no faltaron, pero ella se sintió especial, querida, importante y -a veces- una heroína. Era una superhumana, una mujer que se convirtió en la embajadora del país en el mar. Pero muy en el fondo, tras ese sueño cumplido, se escondía ese miedo de dar la talla y “no decepcionar las expectativas de la gente”; un mal que acoge a una gran mayoría. Cuando alcanzan esa vara tan alta, los fans esperan que la sobrepasen o que, por lo menos, se mantengan ahí firmes. Y no está mal que la apoyen o le deseen cientos de récords más. Lo que está mal es exigirles que siempre ganen, y peor cuando no conocemos cómo están emocionalmente, en qué circunstancias entrenan y cuáles sacrificios tuvieron que sobrellevar para reventar esa piñata de logros que cuelga sobre sus cabezas. Mucho más descarado aun, cuando la apnea es un deporte que carece de una retribución económica; un principio básico de la oferta y demanda, cuando solo unos pocos practican, ven y entienden la disciplina.

Afortunadamente, Sofía ha aprendido a manejar la presión, la ansiedad y el estrés de las competencias. “Este año me he conocido un montón y trato de entender qué es lo que quiero. Es un camino difícil, pero es el camino de uno y no tiene que ser del resto de los demás”, sentencia. Tras disputar Mundiales, competencias internacionales y representar al país en más de una ocasión, Sofía puede nadar, disfrutar y estar en paz en la poderosa y salada inmensidad, porque tiene claro que ella maneja las riendas de su vida y de su carrera. A ese copiloto volador, fastidioso e inoportuno, llamado redes sociales, lo abandonó en su última parada.


Al recordar su infancia, Sofía sonríe y hace gestos nostálgicos. Divaga entre aquella piscina inflable rosada, en la que retaba a su hermana a ver quién aguantaba más la respiración (su primer cursito de apnea), y la docena de horas junto a su papá viajando hacia los cultivos que administraban. En ese momento soñaba con ser veterinaria, hasta que una fobia a las vacas jugó en su contra. Pa’ afuera, descartada esa medicina. Luego, a sus 10 años tuvo el primer contacto y acercamiento a las competencias, y desde ese momento, nadie la ha sacado del agua. En su primera y última prueba de nado sincronizado no se sintió tan cómoda. Al final le pareció aburrido y los amigos de su hermana la convencieron de que, más bien, practicara natación con aletas. Pa’ afuera, descartada esa disciplina. Se enfocó en patalear en una piscina con dos pies largos y artificiales que, sin darse cuenta, se convertirían en los amigos más preciados y cercanos de su vida.

INMUNE AL MIEDO El récord mundial de 84 metros de profundidad de la pereirana marcó un hito en la historia del deporte colombiano, y lo logró gracias a su concentración, el apoyo de sus cercanos y su inagotable disciplina.
INMUNE AL MIEDO: El récord mundial de 84 metros de profundidad de la pereirana marcó un hito en la historia del deporte colombiano, y lo logró gracias a su concentración, el apoyo de sus cercanos y su inagotable disciplina. Cortesía adidas.

Tras unos meses de práctica, comenzó a colgarse medallas en certámenes nacionales e internacionales, sus tiempos mejoraban y pateaba con aún más fuerza, porque siempre se ha obsesionado con ser la mejor. Después de ganar su primer bronce en un relevo 4×200 en el Campeonato Mundial Juvenil de Natación con Aletas, los entrenadores de las selecciones de Antioquia, del Valle y de Bogotá la persuadían para que viajara a sus instalaciones y trabajara junto a ellos. Las oportunidades de estudio y proyección la llevaron a escoger la opción más obvia: la capital, pero las promesas que había escuchado se desvanecieron y fueron tan solo una ilusión. Mientras estudiaba ingeniería civil en la universidad y entrenaba en sus tiempos libres, se arrepintió de su decisión y estaba desesperada con que ese semestre de su vida acabara. Fueron seis meses donde la rodearon dudas, moscas y trabas que no necesitaba contemplar a tan temprana edad. Lloraba todos los días y se refugiaba en la voz distante de su madre, quien le repetía por el teléfono: “Grilla (como le dicen de cariño), sigue trabajando y luchando. No desfallezcas”. Su camino, de pronto, se volvió a bifurcar.

Nelson Zapata, el entrenador de natación de Antioquia en aquella época, conoció su situación y la llamó junto a sus padres para discutir un traslado. Tenía claro el talento y las capacidades innatas de Sofía. Lo logró, y en 2010 ella se mudó a Medellín buscando, otra vez, suerte. Y la encontró. En medio de un ejercicio de respiración, Sofía recorrió 100 metros sin esforzarse mucho, gracias a su capacidad pulmonar y mental. Era más que evidente; tenía un don que debía ser explotado y explorado con sumo cuidado. Su entrenador quedó fascinado y le reveló el secreto que cambiaría su vida: “Eso se llama apnea”. El famoso punto de quiebre en su vida profesional estaba a punto de ocurrir.

Unos meses después, Carlos Correa, uno de los mejores apneístasdel país y un gran amigo de Sofía, la llevó a su primera práctica en el mar. Sin saberlo, ese era el primer paso a su vínculo y adicción al gran azul, un paso en el que se sumergió más de 30 metros en su primer intento. Tocó la arena, su confianza afloró y en su mente se despertó, otra vez, esa chispa por ser la mejor. Estaba decidido: dejaría la natación por la apnea. Pa’ afuera, descartada, porque la tercera es la vencida. “Era lo que me pedía mi conciencia y mi cuerpo. La apnea se volvió mi estilo de vida, mi pasión, lo que me llenaba y me levantaba todos los días. En el mar me convierto en la persona que siempre quiero ser”, recuerda. En 2014 se cansó de las piscinas, porque ya no era el motivo de su felicidad. Ese año era el Campeonato Panamericano de Apnea. Cuando le contó a su entrenador su deseo por competir, él le respondió que de ninguna manera la iba a ayudar si no era natación con aletas. “Challenge accepted” [Reto aceptado], pensó su alumna. “Con usted o sin usted, iré al campeonato”, dictó. Echó a un costado a ese punto negro que aleteaba entre sus ojos y nariz, para continuar. Y así fue como su vida tomó el rumbo final.

Su práctica, su adaptación y la exploración de cómo se comportaba su cuerpo tomó unos años en rendir frutos. Aprendió cómo hacer estiramientos con su caja torácica, el diafragma y los músculos intercostales, de modo que los pulmones no se lastimaran en la contracción. Estudió las técnicas de cómo compensar la presión en los oídos, para proteger sus tímpanos y evitar que se revienten en medio de una inmersión. Además, como lo hace cualquier persona exitosa en su profesión, se rodeó de personas que potenciaron sus capacidades, le tendieron una mano y le enseñaron más de lo que ella había pedido. En esos años de ensayo y error, conoció a su mano derecha y entrenador Jonathan Sunnex. El neozelandés, que alguna vez fue el tercer mejor apneístadel mundo, mantuvo una amistad de seis meses con Sofía hasta que “floreció el amor”, confiesa con pena y entre risas. Él le dio el empujón final para que fuera un poco más atrevida en la disciplina.

Cortesía adidas.
Cortesía adidas.

Cuando se conocieron, Sofía podía zambullirse a 50 metros, pero Johnny la convenció de que ella podía lograr muchísimo más. Esa cifra ahora es un chiste para la colombiana. Se sostenía en la superficie, inhalaba y exhalaba hasta encontrar la calma, tomaba una bocanada de aire gigante y se hundía metro a metro. A veces su mente está en blanco, pero por lo general intenta repetirse cuatro palabras en la sesión: “Paz, amor, tranquilidad y azul”, en ese orden. Con ese mantra bloqueaba sus inseguridades y, poco a poco, se daba cuenta de que la apnea era lo suyo. Luego, su atrevimiento sobrepasó cualquier expectativa: intentaría un récord mundial en la modalidad de peso constante con bialetas. Un intento por alcanzar los 83 metros.

Dos semanas antes de la prueba, Sofía entró en una crisis nerviosa. Se preocupó por los costos que asumirían, la logística que preparó la Confederación Mundial de Actividades Subacuáticas (CMAS) para la revisión de la inmersión y la presión que cargaba en sus hombros. Otra mosca. Qué intensa es… pero su relevancia se diluyó con las siguientes palabras que Johnny predicó: “No puedes dejar que cosas tan pequeñas te alejen de tus sueños. Lo vas a lograr”. Eso bastó para que Sofía sacara fuerza de sus entrañas y propulsara una dosis de adrenalina. Antes de cada una de sus competencias, medita e intenta visualizar su recorrido en el mar. Patalearía en caída libre hacia la oscuridad, adaptaría su cuerpo a la presión, tomaría el testigo y regresaría a la superficie, a la luz, a esa meta que le daría un cupo en la historia. Y así logró romper un récord mundial. Unos días después, sabiendo que había invertido dinero en traer a los jueces, las pruebas de dopaje y su equipo de apoyo, quiso bajar un metro más. Y lo volvió a lograr. 84 metros, 168 en ida y vuelta, una marca que ninguna mujer en el planeta había alcanzado.

Sofía debe tener un cuerpo distinto a los demás, ¿no? Sus pulmones o su corazón deben ser más grandes, o alguna explicación tendrá… Aunque sea difícil de creer, ella es fisiológicamente igual a cualquier persona. Un estudio del Parque Explora, junto al ingeniero eléctrico Jorge Reynolds y el cardiólogo Dagnóvar Aristizábal, reveló que los órganos de Sofía son normales. Una persona promedio puede mantener la respiración entre 30 y 60 segundos, y no podrá resistir mucho más. El cerebro y el corazón están conectados, y cuando no hay oxígeno el cerebro obliga una aceleración en el ritmo cardiaco del organismo. Ahí radica la diferencia, donde la pereirana toma ventaja. “En Sofía hay una transformación. Tras 30 segundos, hay una desconexión entre su cerebro y su corazón, y este último toma el control”, reveló Aristizábal. “Tras 60 segundos, sus latidos disminuyen hasta 30 veces por minuto y la presión arterial se mantiene. Ella entra en un estado de hibernación y eso le permite continuar”.

La meditación diaria también ha potenciado esa paz interna. Se pregunta cuál es su motivación, por qué hace deporte y qué la hace feliz, dudas que no se responden a la ligera, sino que más bien se resuelven con el vivir cotidiano. “No lo hacía porque me parecía muy hippie[risas], pero he aprendido a canalizar los pensamientos negativos. Antes los bloqueaba, pero así uno los vuelve más fuertes. Ahora los dejo fluir y mi tranquilidad mejora”.

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Sofía también le atribuye al mar esa capacidad que su cuerpo ha desarrollado. “Toda mi vida he sido más atlética que romántica. Antes no sentía esa conexión con el mar, pero hoy sé que el mar es el que manda y conozco esa parte espiritual”, confiesa. Allí encontró un tesoro, un nicho, que se tradujo en su vocación. Una que hoy la ha llevado por los paisajes acuáticos más preciosos del mundo, y por la que también conoció la isla donde reside: Dominica, su segunda casa.

Sofía vive en medio de un valle frondoso circundado por dos montañas imponentes. Hace un par de años encontró en el Caribe el spotperfecto para entrenar y sumergirse, donde el agua fuera cálida, no existieran corrientes y las profundidades sobrepasaran los 100 metros. Adentrada en la naturaleza, formó un hogar austero rodeado de plantas, animales y personas amigables que los recibieron con los brazos abiertos.

Aunque en Dominica no hay muchos planes, ha logrado divertirse con los pequeños detalles del montuoso territorio. Sofía adoptó unas gallinas que llamó Las Gallashians (una de sus obsesiones es la serie Keeping Up With The Kardashians). *Chuc, chuc, chuc*, les canta en un video que ella misma publicó mientras las premiaba con un poco de arroz. Y en su pichirilo, “que está más vivo que muerto”, viaja al pueblo a mercar y, si es posible, compra un par de boletas para el cinema que acaban de inaugurar (el único a su alrededor, porque no hay centros comerciales). Esas minucias la entretienen en esa extraña incomunicación. Aun así, no ha sido fácil y añora Colombia y esas comodidades de la vida moderna a las que no les prestamos tanta atención. “Extraño la comida colombiana, la india y el sushi (su favorito), poder comer algo diferente todas las semanas”, revela. “Y obvio, las arepas, que me encantan de desayuno, almuerzo y comida”.

Más allá de esa nostalgia, ese océano caribeño la entrenó, le dio seguridad en sí misma, le enseñó a manejar la terquedad y el malgenio que la agobiaban y le demostró lo insignificantes que somos en el universo. Sofía siempre se ha maravillado con el hecho de entrar al agua y encontrar un espacio donde la soledad y el silencio convergen. Un lugar donde también se ha podido desconectar un poco de su celular -su segunda adicción, después del agua- y olvidarse de las redes sociales tóxicas. “Sigo en el proceso de dejar esa adicción. Paso mucho tiempo ahí y a mí sí me afectan mucho los comentarios negativos. Así sea uno malo entre un millón buenos”, asegura. Si la molestan o le tiran insultos o mensajes destructivos, ella les facilita el trabajo y los bloquea. “Me estoy leyendo un libro que se llama The Subtle Art of Not Giving a Fuck[El sutil arte de que te importe un carajo] y he entendido que la gente critica para sentirse más que los demás. Así se desahogan”.

La paradoja radica en que esas mismas redes sociales, que la han martirizado y puesto contra las cuerdas, también le han dado de comer. Aquí hay que aclarar algo: “Yo no vivo de la apnea, sino de lo que sale gracias a la apnea”, cuenta. Es irónico que su profesión, al final, no la financia ni tiene un sueldo fijo como muchos creen, y tampoco cuenta con premios gordos por romper récords. “’¿Es campeona mundial? Sofía debe ser millonaria’, debe pensar la gente. Sisa, ya va”, comenta con sátira. “Sin las redes sociales yo creo que estaría trabajando en una oficina como ingeniera civil”.

Bajo sus propios medios y apoyo de sus patrocinadores, pagando hoteles, pasajes y viáticos, Sofía viaja alrededor del planeta para disputar Mundiales, competencias internacionales, intentar batir récords y representar a Colombia. Lastimosamente, la Federación Colombiana de Actividades Subacuáticas no tiene recursos ni presupuesto para costear a sus deportistas. A veces su labor se debe limitar a darles el aval para participar en los torneos y esperar que ellos se arriesguen, sacando de su bolsillo, por una medalla. Sería lógico que la CMAS sí les brindara un apoyo económico… pero el sentido común nunca ha sido una ley absoluta. ¿Cuánto ganan por clasificar a un Mundial? Nada. ¿Cuánto ganan si se cuelgan una medalla de oro? Nada. ¿Cuánto ganan si rompen un récord mundial? Sí, adivinaron, nada. Esta disciplina, así suene cliché, porque no hay una frase que mejor la describa, es puro amor al arte.

Cortesía adidas
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Lo más impresionante de un deporte con tan pocas oportunidades, una competencia tan brava y la falta de recursos, es la camaradería entre los colegas. Es normal que se conozcan, sean amigos, viajen por el mundo, se alegren por los reconocimientos y se unan en los momentos más difíciles. Hace poco una tragedia los volvió a juntar, con mensajes de apoyo, condolencias, buenos deseos y discursos nostálgicos. Un accidente ajeno a la apnea resultó en la muerte de la japonesa Sayuri Kinoshita, quien era plusmarquista mundial y considerada una de las mejores de la historia; un hecho que dejó al nicho deportivo estupefacto. Sofía fue una de las tantas personas que rompió en llanto al conocer la noticia. “Para mí ella era lo que representaba ser una apneísta. Por difícil que fuera la inmersión, ella lo hacía ver como si fuera nada. Siempre tenía una sonrisa en la cara, era amable con todo el mundo y tenía una energía súper bonita”, se lamenta.


Este año ha sido “extraño” para Sofía, porque no ha podido entrenar con constancia gracias (y por desgracia, al mismo tiempo) a las campañas y negocios que han surgido. Los viajes entre Colombia y Dominica no han permitido que tenga regularidad. Su cuerpo se debe volver a acostumbrar a la presión en las profundidades, y con vehemencia e ímpetu regresar a su mejor nivel. La apnea no es como los demás deportes, donde en competencia pueden aspirar a cifras exorbitantes y sorprendentes, sino que es un reto donde la vida está en juego y, por más que uno quiera bajar, no puede tomar riesgos que atenten en su contra. “Uno debe ser consciente de que lo importante no siempre es ganar, sino tener salud mental. A veces queremos ganar a todo costo y no pensamos en las repercusiones que tienen esos triunfos a largo plazo”, reflexiona. Antes de medirse en inmersión libre, peso constante con bialetas o peso constante con monoaleta, Sofía debe sentir seguridad en su corazón, preparar sus pulmones y estabilizar sus nervios antes de zambullirse.

En todo caso, dará todo de sí en cualquier inmersión. Gracias a unos cuantos -contados con los dedos de una mano-, Colombia está en el mapa del deporte acuático. No hay plata, no hay apoyo, no hay nada. Pero sí hay ganas, hay amor, hay recuerdos bellos, hay amistades y hay compañerismo. Sofía adora los animales, pero las moscas la tienen harta. Su mayor miedo es fracasar, pero puede estar tranquila de que eso ya lo dejó atrás. Rompió récords mundiales, se superó como humana, retó a la naturaleza (y ganó) y toda su vida la acompañará la satisfacción de haber triunfado en su vocación. Hoy esos insectos le temen. La autoproclamada “Nea de la Apnea” no flaquea.