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Un maillot amarillo vitalicio

Egan Bernal se coronó campeón del Tour de Francia y subió al podio más prestigioso del ciclismo, con la cara atónita de un niño y las incansables piernas de un titán
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Pasarán días, semanas y meses, incluso años, para que el mismísimo Egan Bernal dimensione su gesta en el Tour de Francia. A sus 22 años, el zipaquireño logró el sueño más grande de cualquier ciclista. Su hazaña se puede comparar con cualquier Superbowl, Wimbledon, Major o Mundial que se imaginen. Para ponerlo en palabras más claras (y contundentes): Egan alcanzó el peldaño más alto de la historia del deporte colombiano, y con apenas tres años de carrera profesional en ciclismo de ruta.

Es irónico pensar que en 2013 se había apartado de su mejor amiga, la bicicleta, para emprender una carrera como periodista. Y no deportivo, sino económico o político. Como también es admirable pensar que en 2014 le escribía un mensaje a sus familiares y amigos en su cuenta personal de Facebook en busca de una ayuda económica para un viaje a Noruega, en el que representaría al país. “No quiero defraudar a todas las personas que me ayudan y tienen fe en mí”, prometió en aquella publicación.

Cortesía Tour de Francia.
Cortesía Tour de Francia.

Cabizbajo, sin muchos recursos y con un sueño que ni el más ambicioso aspira, Egan continuaba pedaleando y disfrutando de un deporte que, en esa época, consideraba un hobby. Cinco años después, con ese mismo sentido de respeto y humildad, se subía al podio más prestigioso de Europa en medio de los Campos Elíseos, la avenida principal de París, Francia.

Los ataques de Egan, las escapadas en solitario, los descensos a más de 80 kilómetros por hora y los riesgos del proclamado mejor joven de la carrera se vivieron con furor en nuestro país. Aunque su nombramiento como líder de la carrera se vio opacado por la suspensión de una etapa, Zipaquirá se encargó de engrandecerlo con una celebración masiva en su recibimiento.

Cortesía Tour De Francia.
Cortesía Tour De Francia.

Su maillot amarillo pintó las calles del municipio que lo vio crecer y rebasar la plaza en sus dos ruedas frente a la Catedral de la Santísima Trinidad.

“El día que Egan no gane, no me lo quemen. Eso es lo único que le pido al pueblo colombiano”, pidió Fabio Rodríguez, uno de los formadores del zipaquireño, en la ceremonia de bienvenida. Esa fue la frase más sabia y acertada del día, porque somos una multitud triunfalista, arribista y carente de razón, cuando de deportes se trata.

Disfrutemos. Sin amarguras o augurios pesimistas, quedémonos con esa imagen del joven aguerrido que, con sus propias uñas, izó la bandera colombiana en lo más alto del ciclismo.