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Al sur de Trípoli

Un fotorreportero colombiano es testigo de los combates que se llevan a cabo por el control de la capital de Libia
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Un mensaje al móvil, la imagen del hijo, herido en una camilla, la sangre, la arena, la palidez en la cara. El 9 de septiembre un ataque aéreo hirió a su hijo y a otros combatientes del grupo. Lo que muchos hablan de un frente silencioso no es lo que más preocupa a Muftah Mohammed, quien ya perdió un hijo, y ahora tiene a otro en la sala de operaciones. Él teme, como muchos en Libia, que la guerra se alargue.

Fotografías por Mauricio Morales

Un mensaje al móvil, la imagen del hijo, herido en una camilla, la sangre, la arena, la palidez en la cara. El 9 de septiembre un ataque aéreo hirió a su hijo y a otros combatientes del grupo. Lo que muchos hablan de un frente silencioso no es lo que más preocupa a Muftah Mohammed, quien ya perdió un hijo, y ahora tiene a otro en la sala de operaciones. Él teme, como muchos en Libia, que la guerra se alargue.
Muftah Mohammed corta unos tomates, y prepara la salsa para los macarrones que comerán esta noche. Con un dedo en la linterna del móvil, para bajar la intensidad de la luz y evitar delatar la posición, un combatiente mucho menor que él le alumbra. Puede ser su hijo, pero no lo es; su hijo esta a 500 metros en una posición de vigía en el frente cerca de Yarmouk, al sur de Trípoli. Su otro hijo murió combatiendo al Estado Islámico en Sirte en el 2015, tenía 24 años.
El aeropuerto de Mitiga en Trípoli fue cerrado tras un ataque en el que resultaron heridos algunos ocupantes de un vuelo de peregrinos que venían del Hajj en Arabia Saudita, el pasado 1 de septiembre. En Misrata, el único aeropuerto comercial que ahora opera en el oeste de Libia, las filas son interminables buscando un cupo en un vuelo para los únicos destinos donde pueden llegar: Túnez, Turquía y Egipto. Entre los civiles, mujeres y niños, combatientes jóvenes heridos, se mezclan buscando una posibilidad. Este aeropuerto también ha sido atacado por las fuerzas leales a Haftar.
Estalla a 100 metros el mortero. La garganta seca, el silencio. Algunos segundos y de nuevo a la mira nocturna, a responder con fuego nutrido de ametralladora pesada. El chasquido de las balas que entran, el detonar de las que salen y el silbido de las que pasan muy cerca. «¡Saben dónde estamos, apunta al cielo! ¡Los drones!», dice un combatiente que vigila con una mira nocturna. Ambos lados saben dónde está el otro. En los cielos de Libia, drones turcos y chinos buscan posiciones enemigas.
Haftar, el general al mando de Ejército Nacional Libio, lucha por el control de Trípoli, la que prometió tomar en 48 horas en abril. Seis largos meses han pasado y la guerra sigue. Las fuerzas leales al Gobierno de Acuerdo Nacional, respaldado por las Naciones Unidas, es una mezcla de milicias de Misrata y de otras partes de Libia que repelen las fuerzas de Haftar.
Jóvenes de 30 años pronostican la desgracia: “Creo que la siguiente generación verá la paz, no la nuestra”, dice uno de ellos. Son los augurios de la sabiduría que dan todos estos años. La guerra a cuentagotas puede durar décadas, eso lo saben muchos países. Por eso no se ha casado el joven Marwan: “¿Para qué?, ¿qué vida puedo darles a mis hijos? ¿De qué sirve?”. Sus ojos gastados están pegados al teléfono. Él está en chanclas y pantaloneta, su cuerpo camina cansado, pero pareciera que no hay nadie ahí. Vienen los recuerdos de cuando era productor de campo para periodistas extranjeros y las historias de tantos jóvenes que ayudó en los frentes de batalla mientras era auxiliar médico en hospitales de batalla. La vida de él y la de los jóvenes libios que mueren desde que pararon las bombas de la OTAN parecieran ser anónimas, silenciosas para quienes promueven esta guerra.
El privilegio de la seguridad y la paz pertenece a muy pocos en Libia, por eso a los migrantes y refugiados sudaneses como Ditor Ahbakar -con una hija recién nacida y otra de 2 años- no les importan los temidos centros de detención libios, la muerte en el Mediterráneo o el rechazo de algunos gobiernos de Europa a su presencia. Llegar a la seguridad es el único futuro que tienen. “Europa o muerte”, dicen muchos desde un centro improvisado de refugiados a escasos kilómetros del frente de batalla.
La guerra que respaldó la OTAN en 2011 ahora es alimentada por otros: Italia, Turquía y Qatar apoyan en ciertos niveles al gobierno que se sienta en Trípoli. Mientras tanto Egipto y Emiratos Árabes Unidos apoyan al gobierno de Tobruk en el este del país. Cada uno de lado y lado con sus intereses, que van desde bajar el número de los refugiados y migrantes que llegan a Europa, hasta lo usual, los recursos, el petróleo. “Divide y reinarás” es la máxima que hoy en día se puede ver reflejada en Libia.
Esos que luchaban juntos y derramaban la sangre juntos en 2011, ahora la derraman al luchar entre ellos. ¿Quién gobierna o quién quiere gobernar? Quizás no solo está en los libios la respuesta, pero sin duda son los que ponen los muertos.

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