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Blue Apple y Townhouse, los hoteles que le faltaban a Cartagena

Hablamos con Portia Hart, fundadora de dos hoteles que han logrado innovar en la Heroica
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“Buena comida, buen vino y buena música”, es la base de Blue Apple.

Cortesía Blue Apple House

Portia Hart vivía en Mónaco y trabajaba en lo que ella describe como «una agencia de viajes, pero de yates». Estaba en el mundo de la gente más rica del planeta, organizando en eventos con los botes más lujosos. Viajó desde Inglaterra buscando un mejor clima apenas terminó la universidad, comenzó de asistente de una empresa pequeña que unos años después tenía más de 100 personas.

Allá se dio cuenta de que la riqueza no compra la felicidad. «Estuvimos organizando vacaciones para gente que tiene toda la plata que puedes imaginar, pero tienen los mismos problemas», le explica a ROLLING STONE. A partir de eso comenzó a pensar en irse del principado «para reconectarse un poco con la vida real». 

El destino la llevó a Colombia. Aterrizó un Bogotá, pero se hizo una vida en Cartagena con el hotel Blue Apple Beach Club; luego abrió Townhouse Cartagena. Hablamos con ella sobre el mundo de la hotelería, su historia y lo que ofrecen sus hoteles, uno muy distinto al otro, en la Heroica.

Tomada de Citizen Femme

¿Cómo llegaste a Colombia?

Llegué oficialmente en octubre de 2014. Decidí buscar una oportunidad en otra parte del mundo, y en ese momento un amigo inglés se casó con una colombiana. Él me invitó a trabajar como asistente porque ella quería que su hijo conociera su país. Llegué a Bogotá, vendí mi apartamento, salí de mi trabajo después de ocho años. Ellos finalmente volvieron a Europa, pero me apenaba volver. Decidí visitar Cartagena y me enamoré. Es un Mónaco: divino, especial, distinta a las otras ciudades y todo el mundo viene a vacaciones. Tiene muchas características parecidas.

Fui a las islas, de paseo, para pensar en mi futuro o escribir algo. Y fue una experiencia muy mala, costosa, incómoda. Le dije a mi papá que no entendía, acá tienen todo, es divino, pero es una mierda. «Creo que encontraste lo que vas a hacer», me dijo. Yo no entendí muy bien. Me explicó que me buscara un terreno para comprar con mis ahorros, y así nació Blue Apple, porque quería un lugar para mí. Es para cualquier persona que quiera venir, comer bien, sentirse cómoda, tomar bien, escuchar buena música en un buen ambiente. Lo hacen en Francia, en Ibiza, en Miami, en Bali, y no lo hacían acá.

Cuando iniciaste el proyecto, ¿qué tenías en mente?

Nunca use la palabra visión o misión. La primera charla que di, en un español muy malo que no sé si entendieron, dije, «No usamos la palabra usted. Porque si la usamos, ponemos distancia. Ni a mí, ni a sus compañeros, ni a los clientes. Cada persona que entre tiene que sentirse como si estuviera siendo invitada a tu casa. Quiero que sean anfitriones».

Como trabajé en hospitalidad de lujo, aprendí muchas cosas. En los yates no tratábamos a los clientes como si fueran amigos o familia, entonces tal vez fue una reacción. Habían límites para interactuar con los clientes, a veces debía tener una distancia que es entendible, no puedes hablarle a un jefe de estado de ciertas formas, pero yo no soy así. Aunque me quedé con el profesionalismo, eliminando esa distancia con los clientes y los compañeros de trabajo.

Estamos tratando de dar una experiencia que el dinero no compra y que es completamente auténtica, una relación entre humanos. Puedes decir que es lujoso, pero yo lo veo como unas buenas vacaciones. Una vez en las Maldivas intenté hablar con el mesero y no quería compartir nada conmigo. Eso no me hace feliz. Para mí viajar es descubrir, salir con una idea de dónde has estado, y la gente es eso.

¿Cómo fue crear una empresa con personal colombiano?

Creo que ya la palabra «colombiano» no aplica. Honestamente, la diferencia entre una persona de Bogotá, Pereira, Cartagena y Bocachica, entre ustedes mismos hay diferencias, pero yo estoy trabajando con gente. Me habían dicho que no abriera en esta isla, que eran muy flojos. Abrimos, entrevistamos, la gente llegó, se quedaron algunos y acá seguimos. 

Yo diría que trabajar con la gente del pueblo es mucho más fácil que lo que me decían. Para muchos es su primera oportunidad de trabajo, aman lo que hacen. Los chicos de acá son mi segundo familia y la mayoría están desde el primer día. Las únicas dificultades, de verdad, es cuando intentamos meter un gerente de otra parte del país, ahí hay un choque cultural. Creo que en Colombia hay un choque cultural muy fuerte entre regiones, y esa es una de las razones por que le me ha ido bien. Yo no llegué con ideas en la cabeza.

¿Qué tal es la convivencia con todo el sector hotelero en Cartagena?

Es un sector muy importante en la ciudad. Cuando abrimos Townhouse fue un poco difícil para todos entender nuestro concepto, un hotel de lujo que no es serio. No se entiende mucho que sea un hotel de buena calidad y mucha rumba; antes lo divertido era hostal, y lo sofisticado era muy serio. Para mí, la calidad y la diversión no son distintas. Pero la comunidad de hoteles es muy cercana, nos apoyamos entre nosotros porque hay cosas que nos perjudican a todos, como la prostitución o el abuso de drogas. Todos trabajamos para cambiar la imagen de Cartagena.

¿De dónde nació Townhouse?

Eso fue pura suerte. Tengo dos socios americanos que tienen su propio negocio de casas y apartamentos de alquiler. Alguien los contactó y les dijo que tenía una casa, que la ofrecía para alquilar. Me llamaron para decirme si quería hacer un hotel en la ciudad. Yo me negué, no quería, pero fui a mirar la casa y me enamoré de la ubicación. Habían muchos hoteles en Cartagena, pero no como este, para gente como nosotros.

Nos pusimos a hablar y nos preguntamos qué hacemos con nuestros amigos cuando nos visitan. Siempre alquilan casa o apartamentos porque no quieren estar en un hotel muy serio, pero tampoco en un hostal para compartir habitación. Entonces me convencieron. Tomamos la decisión en agosto y abrimos en diciembre.

¿Cómo has balanceado esos dos mundos de Townhouse y Blue Apple?

Con los mismos valores, y yo siempre lo he dicho: No soy empresaria, lo estoy inventando en el camino. La base de nuestros negocios es que son lugares donde queremos estar. Yo quiero estar en Townhouse porque quiero salir en la noche, comer en Cartagena, tener mi vida social. Hemos hecho las cosas que nosotros queremos con la creencia de que no somos los únicos que quieren un poco de rumba y un poco de descanso en la playa, pero con calidad.

Las dos marcas tienen su propia personalidad. Townhouse es el rebelde y Blue Apple es el mago, pero los dos tienen una segunda personalidad que es el bufón. Hacemos todo con buen sentido humano, nos conectamos con nuestros clientes y nuestro staff, pero no somos tan serios.

¿Cómo ves el tema de la inversión extranjera en Cartagena?

En los últimos cinco meses he recibido cinco llamadas de gente que va a comprar tierra en Tierrabomba, y la semana pasada escuché que alguien va a hacer un hotel en la playa y su misión es quitarle a Blue Apple el número uno. Viniendo del sur de Francia y pasando mis vacaciones en Ibiza, lo mejor que puede pasar en un país es mucha competencia.

Así mejora el nivel, todos tienen que mejorar; hay una oferta más interesante, la gente va a Saint-Tropez o Ibiza porque la oferta es grande. Si los extranjeros quieren venir, que vengan, pero sin actitud de conquistadores. Que no vengan a decir que lo saben todo, así no van a durar. Tienen que venir con conocimiento, experiencia, pero con la humildad de que es otro mercado, es distinto. Hay ejemplos que vienen así y en un par de meses ya no están.

Pero eso sí, el nivel que necesitas acá como extranjero, es más bajo si lo comparas con Ibiza o Miami. Acá mi primer negocio lo abrí con $25 mil dólares, que en Francia no te alcanza para nada. Pero es el compromiso, estar ahí día tras día, en matrimonio con tu negocio. De pronto te cuesta menos en dinero, pero eso no quiere decir que es barato. Yo creo que los que más fallan son los que meten plata y se van dejando unos millones a quien maneja el proyecto. Así no va a funcionar.

Hace unos años contabas que quería hacer colaboraciones artísticas con el hotel…

Yo me he dado cuenta de que no soy artista, pero amo estar con gente creativa, me ayuda a ver el mundo por otro lado. Una de las cosas que más me gusta de mi vida en Cartagena es que soy amigo de todo tipo de profesionales. En Inglaterra la mayoría de mis amigos son abogados o contadores, los amos, pero las conversaciones son muy distintas.

En Francia hay un restaurante que, hace muchos años el dueño, dejó que los artistas de la región pagaran con sus obras; la diferencia es que en esa época los artistas eran Picasso, Matisse, Chagall, y ahora tiene una de las grandes colecciones del mundo. El restaurante decía que tenía comida, ambiente y cariño, el artista decía que tenía talento, y en ningún lado había plata.

Eso hemos hecho acá. No solo con pintores, invitamos a quien sea que tenga un talento, que venga a compartirlos. Hemos tenido cantantes, pintores, escritores, una chica experta en sostenibilidad que nos enseñó a crear una finca de lombrices. Si tienes algo chévere para mostrar, nosotros ponemos la habitación y la comida. Me importa un culo que tengas seguidores o no tengas Instagram, lo que importa es si tienes un valor para compartir.

¿Quiero que Blue Apple sea un hotel famoso? ¿Quiero fama? No, quiero disfrutar la vida. Quiero volver a la época donde la fama sea una consecuencia de algo bien hecho.

Pero uno habla con gente en Cartagena, algunos sectores de Bogotá, y te conocen, ya tienes cierta fama. ¿A qué crees que se debe?

Cuando llegué hace cinco años a hacer un club de playa en Bocachica, la gente decía que era mala idea, y lo hice. Creo que puede ser porque no hago las cosas según el camino ya caminado, pero espero que sea porque es por hacer algo bueno, que sea el resultado de cosas bien hechas. Yo no estoy en las redes, no es algo que estoy buscando. A los 40 años voy a botar mi teléfono, solo voy a tener un fijo, es uno de mis objetivos. Me interesa ser respetada, no ser famosa.

¿Qué tan en serio te tomas la música en tus venues?

La única pelea que tengo con las agencias de lujo y algunos clientes, es que quieren que apague la música, especialmente en Blue Apple. Ya te haces la idea de la importancia. El principio de Blue Apple fue buena comida, buen vino y buena música. No soy geek de música, pero siempre vamos a tenerla. Uno de los primeros empleados fue un DJ, contratado tiempo completo para armas listas, no solo tocar los fines de semana. La música es parte de mi marca, de nuestra personalidad. No quiero una playa en silencio.

Un sueño que tenemos es, a largo plazo, un lugar donde los músicos del mundo vayan a descansar. Ahí si boto mi teléfono y me quedo acá con los músicos. Hace poquito compré un piano, así no toque. Mi mamá era cantante de ópera, tengo la música en la sangre.

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