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Guns N’ Roses en Bogotá, 25 años después (recuerdos desde la gramilla)

Caos, rock & roll y leyenda; una historia en primera persona del show que marcó nuestra historia.
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Creo que he ganado dos o tres rifas o sorteos en toda mi vida, y una de esas ocasiones hizo que me viera obligado a prestar el servicio militar. Por eso el 9 de diciembre de 1991 tuve que presentarme a cumplir con mi cita con las armas de la Patria, en ese absurdo que representa el hecho de recibir un fusil y 80 cartuchos teniendo apenas 17 años. Una barbaridad.

Pero, ¿qué tiene eso que ver con el concierto que Guns N’ Roses ofreció en Bogotá en 1992?

Muy sencillo: la banda de Axl Rose tocó en nuestra capital un día antes de que terminara el tiempo de servicio en el Ejército. En esa época –no sé cómo le dirán ahora- la despedida de la milicia se conocía como “el día de la mocha”, el concierto de G N’ R tuvo lugar en las horas que antecedieron a mi “mocha”.

Recuerdo que el anuncio de las dos fechas para finales de noviembre causó conmoción en todo el país, y que las entradas salieron a la venta en los almacenes de Azúcar, una marca de ropa muy popular en aquellos años. No sé exactamente por qué tenía el dinero exacto para comprar la mejor ubicación, ni sé por qué le había prestado la plata a uno de mis hermanos mayores, lo importante es que él se vio obligado a pagar el préstamo comprando la boleta, que costaba treinta mil devaluados pesos. Una pequeña fortuna en aquel entonces.

Tener ese tiquete en la mano no garantizaba nada, en un país en manos de Pablo Escobar cualquier cosa podía pasar; dos años antes había tenido que pedir el reintegro de mi dinero tras haber comprado la boleta para un concierto de Rod Stewart y Charly García que se canceló en medio de rumores que hablaban de ventas bajísimas y de un orden público espantoso.

Y pasó lo que tenía que pasar: el 27 de noviembre, mientras Guns N’ Roses estaba en Venezuela, tras haberse presentado en Caracas, un intento de golpe de estado contra el entonces presidente Carlos Andrés Pérez hizo que la banda no pudiera viajar en la fecha acordada, y los dos conciertos anunciados terminaron convertidos en uno solo. Se dice que uno de los propósitos del golpe era liberar a Hugo Chávez, que estaba preso desde febrero, cuando llevó a cabo otro intento golpista.

¿Meter a la gente de dos conciertos en uno solo? Nadie sabía cómo pensaban hacer eso, y a mí no me preocupaba. Yo iba a ver a Guns N’ Roses.

El día del concierto desayuné mientras escuchaba mis casetes de Use Your Illusion, en medio de una ansiedad que jamás había experimentado. Hasta ese día mi historia con los conciertos había tenido su punto más alto en el Concierto de Conciertos. Esto era otra cosa; era la banda más grande del mundo tocando para nosotros en su momento cumbre. Haber visto antes a Soda Stereo, Charly García, Hombres G, Los Prisioneros o Los Toreros Muertos, no podía prepararme para lo que estaba a punto de vivir.

Llegué al Campín en la mañana, acompañado por dos primos de mi novia que tenían la misma localidad. Las filas –como era apenas lógico- eran eternas, pero después de unas pocas horas vimos una cola pequeña, de solo unas 20 personas, que se movía con fluidez en el costado norte del estadio.

Una vez adentro la cosa pintaba bien. El enorme escenario, algo que jamás habíamos visto, no tenía techo, pero eso tampoco nos preocupó. Mis acompañantes –unos diez años mayores- querían tomarse la cosa con calma, mientras yo tenía la intención de acercarme a la tarima tanto como fuera posible, y la oportunidad estaba ahí. Habíamos entrado temprano y la gramilla estaba aún medio vacía.

En medio de los ires y venires de la gente que entraba me fui aproximando a la parte frontal y terminé perdiendo de vista a los dos personajes. Quedarme solo tampoco fue problema, y me fui abriendo espacio poco a poco, hasta llegar a pocos metros del escenario, donde la cosa fue complicándose con la llegada de más público. Empujones, codazos y pequeñas avalanchas, me mantuvieron ocupado durante las pruebas de sonido, en las cuales se hizo evidente que el anuncio de Kronos (la banda caleña de hard rock) no iba a cumplirse. En medio del caos que empezaba a salir a flote, no iba a haber espacio para el artista nacional. Y para ser honestos, eso no fue un problema para nadie.

Pasó el tiempo entre más empujones y asfixias, hasta que el momento llegó ante mis ojos y oídos incrédulos.

Mentiría si dijera que el recuerdo es claro; cuando los tipos empezaron a tocar todo fue un mágico caos. Y ese caos no solo se daba en el interior del Campín; afuera había miles de personas que no pudieron entrar a pesar de tener su boletas, y su furia se sumó a la de los vándalos de siempre. Vidrios rotos, fachadas destruidas, y carros apedreados. Adentro yo no tuve noticias sobre eso, y vine a enterarme solo horas más tarde.

Esa parte de la vida se nos fue saltando a los que estábamos en la gramilla y las graderías. La emoción nublaba la vista en medio de miles de personas que experimentaban un orgasmo colectivo. Welcome to the Jungle fue el tema de apertura. No podía haber sido otro.

También mentiría si dijera que recuerdo el repertorio completo de esa noche. Hoy puedo repasarlo gracias a la magia de setlist.fm, amiga inseparable del periodista musical. En mi memoria quedó el momento en el que Duff McKagan se tomó el centro del escenario para despacharse con Attitude, el clásico de Misfits que luego grabaría Guns N’ Roses para The Spaghetti Incident?

Recuerdo el sonido perverso de Double Talkin’ Jive, esa joya macabra de Use Your Illusion I en la que Axl encuentra una cabeza y un brazo dentro de una caneca. También una bandera de Colombia (más pequeña que las que estaban a su lado) colgada en la parte trasera del escenario durante la épica Civil War. Estuvieron también los saxofones y los teclados de Bad Obsession, que nos ofrecían una cara ligeramente más amable (pero igualmente poderosa) del rock & roll.

Y luego llegó un momento sublime, al menos para este humilde servidor: So Fine. McKagan compartió micrófonos con Axl para regalarnos esa estrofa sobre un hombre que hace todo lo que puede para sobrevivir a pesar de estar roto por dentro.

No tengo recuerdos claros sobre las interpretaciones de Mr. BrownstoneIt’ so EasyLive and Let Die o Patience. La mejor analogía que se me ocurre sobre ese concierto tiene que ver con esos morados que de pronto nos aparecen en una pierna y no sabemos cómo llegaron ahí. Pero ahí están. La génesis del recuerdo no es clara, pero el recuerdo permanece. Esas cosas pasan.

Luego, desde el suelo de una tarima, apareció un piano. Había llegado el momento. Era 29 de noviembre, y la próxima canción tenía que ser November Rain, esa obra maestra que las emisoras cortaban sin pudor cuando entraba la parte final en ese inolvidable crescendo de cuerdas y teclados. Axl se sentó y nos regaló la habitual introducción con It’s Alright, aquella balada de Black Sabbath en la voz del baterista Bill Ward.

Entonces la magia, que ya inundaba todo el estadio, se multiplicó por mil. La lluvia, la lluvia de noviembre empezó a caer, mojando a toda la concurrencia, y empapando a Slash, a Gilby Clarke, al siempre frío Matt Sorum (que se veía más cómodo con The Cult), a Axl, a Duff, al teclista Teddy Andreadis, a las coristas… a todos. Era nuestra propia November Rain, y la estábamos viviendo en carne viva, mojados hasta los huesos. Recuerdo que allá abajo llorábamos de emoción, y que nos abrazábamos con perfectos desconocidos, como si la música y el momento estuvieran borrando cualquier asomo de indiferencia o timidez. Eso fue mucho más que un morado en una pierna, eso fue como una eterna cicatriz sobre mi ceja.

No fue una llovizna fastidiosa, fue un aguacero torrencial sobre un escenario sin techo. Cuando la canción terminó solo habían tocado 11 canciones, pero ya había sido más que suficiente. Con eso yo me podía ir a la casa, o al carajo, con el alma tranquila.

La banda abandonó el escenario, y fue reemplazada por un ejército de tipos con trapos, toallas, traperos y plásticos. Vino un buen rato de ansiosa espera. No sabíamos que tras bambalinas había peleas, amenazas y gritos entre los empresarios (que en ese punto estaban tan quebrados como un bulto de canela, el problema que se les venía era enorme) y el equipo de G N’ R.

La lluvia empezó a aflojar poco a poco, hasta que fue posible ser un poquito más felices. Los músicos salieron de nuevo, y sin mucho aspaviento tocaron Don’t Cry. Yo sentía que ya era como comer por gula. No me importaba si no tocaban Sweet Child O’ Mine o You Could be Mine. Ya estaba satisfecho. Tal vez porque no pensaba en esos arpegios que empezaron a sonar después, cuando Paradise City erizó de nuevo miles de pieles, y al explotar todo se fue al diablo. Nunca he usado drogas, pero creo que ninguna debe superar esa sensación de estar entre miles de personas saltando, rebotando y cantando, mientras la banda que marcó sus adolescencias, sus primeros amores y desamores, toca semejante himno ante sus ojos. Y llegó el final. Tenía que llegar.

Como hipnotizado me dirigí a cualquier salida. Caminé por Galerías y la calle 53 hasta llegar a la Avenida Caracas, donde tomé un taxi. El conductor me preguntó si había estado en el concierto y yo asentí. Me preguntó por los disturbios y tuve que responderle con otra pregunta porque en medio de la inercia de mi estupefacción no vi un solo vidrio roto. El tipo me lo contó todo. Sin embargo, para mí todo había sido un idilio con el rock & roll.

Mientras yo estuve ahí adentro, Bogotá fue mi Paradise City. Y al día siguiente fue mi “mocha”.