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Iggy Pop

A sus 72 años, La Iguana demuestra que es una lagartija moderna que sigue cantando sobre sexo
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Nuestra reseña de Free, el nuevo álbum de Iggy Pop.
Rob Baker Ashton

Iggy Pop

Free

Iggy Pop tiene 72 años y está en un universo paralelo, viviendo en un barrio en Detroit de casas rodantes, coleccionando pensiones y usando con orgullo una camiseta. Pero no en esta realidad. En este mundo sonoro sigue estando desnudo, con su piel blanca y elástica. Todavía quiere ser tu perro, furioso. Y, en su último álbum como solista, quiere ser libre (o al menos, eso es lo que dice).

Es difícil imaginar a alguien como Iggy Pop -el prototipo ideal del punk rock- sintiéndose cohibido por algo. Por medio siglo, él ha sido un referente de la libertad, aullando locuras en un micrófono, untándose mantequilla de maní en el cuerpo y representando la lujuria en todos los sentidos. David Bowie era sucolega durante su periodo más creativo. En los últimos años, ha lanzado álbumes de pop francés y convocó a Queens of the Stone Age para que fueran sus teloneros. Aun así, en la canción que titula el LP, Pop declara “Quiero ser libre” sobre una trompeta delicada y melodiosa.

La libertad para Pop, por lo menos en este álbum, es expresarse con estilo y con límites. Las guitarras se cocinan a fuego lento y nunca llegan a su punto de ebullición. El bajo se intensifica y los teclados brillan en segundo plano. Y todo el tiempo, Pop se luce como barítono, expresándose con más claridad que antes. Las únicas diferencias entre este Iggy y el que fundó The Stooges son las trompetas jazzísticas, los sutiles sintetizadores y su gran voz, con un tono parecido al de Sinatra.

Sin embargo, lo más notorio de Freees el hecho de que Iggy Pop realmente no ha cambiado. En Dirty Sanchezhabla sobre su inspiración original: el sexo. Rima sluts[perras]con butts[colas] y se queja sobre cómo el porno en Internet lo enloquece. Es un recordatorio, tal vez demasiado evidente, de que este es el Iggy Pop que desde siempre hemos conocido y adorado.