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Keane en Colombia: un regreso triunfal, un derroche de melancolía

Tras una década de espera, la banda británica regresó a nuestro país y reflejó una maduración musical admirable
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"Pasaron 10 años para que pudiéramos regresar... lo sentimos", se disculpó el cantante Tom Chaplin justo después de pisar el escenario.

David Micolta

Creo que somos mejores músicos y tenemos más fe y confianza en nosotros mismos», me confiesa Jesse Quin de Keane, una hora antes del concierto. El grupo se ve tranquilo, con experiencia y felicidad, sin incógnitas que los preocupen. Hoy viven la calma, después de la tormenta. 

En 2014 decidieron separarse, darse un descanso y «dedicarse a proyectos personales». Pero eso no duró mucho. En 2017, en un encuentro navideño, Tim Rice-Oxley y Tom Chaplin se dieron cuenta de que extrañaban componer juntos, discutir ideas, salir de la zona de confort y regresar a los escenarios. «Son fases de la vida. En casa te sientes cómodo y seguro, porque es una rutina cada día. Pero estar en otro lado, como Colombia, es más inquietante. Aunque sabemos que es bueno para nosotros», reflexionan antes de saltar a la tarima. 

Una década atrás, todavía con cara de niños británicos inocentes -aunque no lo eran, para nada-, se habían presentado en el Coliseo El Campín (el hoy Movistar Arena). «Fue un poco caótico», recuerdan. Lo más memorable de aquel 3 de marzo de 2009 era su impecable labor como músicos. A pesar de que el sonido del lugar -ya remodelado y mejorado- tenía fama de ser pésimo, Keane sorprendió con un sonido pulcro, comandado por los furiosos pianos de Rice-Oxley y la potencia de la voz de Chaplin. 10 años después, alcanzaron esa vara de talento y la superaron con creces. 

Con el lanzamiento de Cause and Effect, fue evidente el crecimiento de Keane. Sus letras han madurado, de lamentos amorosos a problemas familiares y de crisis existenciales a adicciones que superaron; sus mensajes han trascendido generaciones. Quienes se rompieron la garganta cantando This is The Last Time en sus veintes y treintas en 2009, ayer hicieron lo mismo en sus cuarentas y cincuentas con Stupid Things. Al igual que el cuarteto, ellos también cayeron, lloraron, se levantaron y aprendieron. Por eso su música es tan poderosa, porque se acomoda al contexto y nos vuelve a golpear como la primera vez. «En las canciones de Tim no sabes realmente de qué está hablando. Pero las tomas, las vuelves personales y las interpretas con tu propio significado», añade Quin a mi pequeña reflexión. Me despido de ellos y es hora de probar si esas opiniones se volvían a materializar esa misma noche. Y así fue. 

Keane reafirmó su potencia instrumental, sus voces impecables y su inherente talento de golpear con melancolía al público. David Micolta

«Pasaron 10 años para que pudiéramos regresar… lo sentimos», se disculpa Chaplin ante el público bogotano. Los himnos se hicieron sentir de inmediato. Golpearon hondo con el piano de Bend and Break; nos dejaron sin voz con el clásico Everybody’s Changing; y pusieron a temblar al Royal Center con Is It Any Wonder? «Es un poco alto aquí, ¿no?», dijo Chaplin sonriendo, en referencia a la altura bogotana. «Igual, hay que continuar con el show». 

Era común ver brazos en alto, caras en éxtasis y parejas que se abrazan en medio de letras sobre rupturas, soledad y sueños incumplidos. Aunque el público era de grandes y chicos, la sensación parecía ser la misma: una melancolía, un vacío en el estómago, una erizada inmediata y unas palabras que calan muy profundo. Rice-Oxley, siempre sentado y acomodado en su piano, giraba su cabeza para mirar al público y ver cómo sus letras se materializaban. Era empatía pura. Luego, arribó la novedad con el sencillo principal del nuevo LP, The Way I Feel, y la canción más poética del disco, Love Too Much. Tampoco se les olvidó canciones de antaño como Nothing in My Way y A Bad Dream, que fueron coreadas de principio a fin por muchos. 

Con una bandera de Colombia amarrada en el micrófono de Chaplin y otra en el bombo de Hughes, Keane se despedía con Somewhere Only We Know. «¿Preparados para cantar?», preguntó Chaplin a mitad de la canción para alzar su micrófono, dirigirlo a la multitud y dejar que el público cantara parte de su canción más adorada. Las luces se apagaron y unas docenas salieron del Royal. Pasaron unos minutos hasta que Keane regresó al escenario para despedirse con Put the Radio On, Crystal Ball y Sovereign Light Café. 

«Les prometemos regresar antes y no en 10 años», concluyó el cantante antes de la venia. Keane se marchó y plasmó esas mismas sensaciones de hace una década. Primero, que son impecables como músicos. Segundo, que han madurado como artistas y sí tienen más química como banda. Y tercero, que cualquier canción te puede volver a hacer llorar, reír, erizar y anhelar, tal como la primera vez que la viste en vivo. Y ese es el poder intangible de Keane.  

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